Free Web Hosting Provider - Web Hosting - E-commerce - High Speed Internet - Free Web Page
Search the Web

  Horacio Quiroga
     
Principal

Prologo

Nuevos Cambios

Contactenos

Sitios Favoritos

Libro de Visitas

Fotos 1

Fotos 2

Flora Misionera

Fauna Misionera

Los Guaranies

Horacio Quiroga

Tapir Americano

Todas las Fotos

 
Indice


Link Original : Horacio Quiroga - Su Biografía : http://ca.geocities.com/el_rincon_de_nora/Biografias/biografia_horacio_quiroga.htm

Biografía

HORACIO QUIROGA

 Su Biografía

 Inició su carrera literaria con un libro de poesía, Los arrecifes de coral (1901), antes de trasladarse a Argentina, donde transcurrió el resto de su vida.

La selva misionera tuvo una relación directa con la vida del autor que vivió largos períodos de su existencia en Iviraromí, cerca de las ruinas jesuíticas. El saber sobre un territorio, saber por experiencia, de una zona de frontera a la que sus lectores de la ciudad no tenían acceso, fue en su tiempo una marca de estilo del escritor. Hoy puede pensarse más bien como una obsesión, como necesidad, como invento. Quiroga, un dandy refinado a los veinte, devino a través de los años tragedias y desengaños, un escritor excéntrico, seductor y con pretensiones de náufrago.

Esta síntesis de su vida y de su estilo, incluye el descubrimiento de la selva en una expedición fotográfica a las ruinas de San Ignacio, con Leopoldo Lugones, en 1901, y su posterior elección como lugar desde el cual escribir. Los factores que influyeron en su obra, sus esposas, sus hijos, la relación con San Ignacio, la muerte de su padre y de su padrastro, y cómo todos estos hechos crearon en él una gran obsesión.

Su vida

 Horacio Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1879, y murió en Buenos Aires el 19 de febrero de 1937. Recibió su educación en el Instituto Politécnico de su ciudad natal. En 1898 conoció a Leopoldo Lugones en Buenos Aires, quien había de ejercer importante influencia sobre él. En 1900 fue uno de los promotores de un movimiento literario en Montevideo que recibió el nombre de "Consistorio del Gay Saber".

También fueron una gran influencia para él, el italiano D´Annunzio y el norteamericano Edgar Allan Poe. Inició sus actividades de escritor con un libro de versos, Los arrecifes de coral, en 1901, se trasladó seguidamente de manera definitiva a la Argentina, donde transcurrió el resto de su vida. Vivió largo tiempo en el territorio de Misiones, inspirándole su exuberante naturaleza no poca parte de su obra.

Era el hijo del caudillo Facundo Quiroga, tuvo una vida llena de trágicos episodios, los cuales influyeron mucho en su forma de escritura y la permanente aparición de la muerte en sus cuentos. La muerte accidental de su padre, a quien se le escapó un tiro de escopeta mientras descendía de un bote, la cual transcurre cuando Quiroga tenía sólo 2 meses; la pérdida de dos hermanas, Pastora y Prudencia, que murieron de fiebre tifoidea en el Chaco argentino; el suicidio de su padrastro, Ascencio Barcos, delante de él luego de sufrir una terrible parálisis cerebral.

Más tarde, tras seis años de matrimonio, Ana María Cirés (su primera esposa, con la cual se casa en el año 1910, luego de haber vencido la dura oposición de la familia Cirés) agoniza ocho días después de haberse envenenado. También su hija Eglé, nacida en Misiones, en el año 1911, se quitaría la vida un año después de su muerte (1937).Y Darío Quiroga, su hijo, se mataría en 1952. María Elena Bravo, su segunda esposa y la única adolescente que lo amó si sortear oposiciones familiares (era 30 años menor que el escritor, y amiga de su hija Eglé), lo abandonó en medio de su selva, después de seis años de matrimonio, llevándose a "Pitoca" la pequeña hija de ambos.

En 1936 debió internarse en el Hospital de Clínicas por un dolor en el estómago. "No veo el día, amigo, de volver a San Ignacio" le escribió a Isidoro Escalera. La espera era eterna. Cinco meses después un médico le dijo que tenía cáncer. Quiroga no dijo ni una palabra. Salió a dar una vuelta por la ciudad y esa misma medianoche se suicidó con cianuro.

Obras más importantes

Su primer libro fue una selección de poemas que se llamó "Los arrecifes de coral" y fue publicado en 1901. En 1904 aparece "El crimen del otro" y en 1908 presenta su primera novela "Historia de un amor turbio". Años más tarde la segunda "Pasado amor". Se publican los "Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte" en 1916, escritos entre 1910 y 1916 en Misiones, "El Salvaje" en 1920, "Cuentos de la Selva" en 1921, "Anaconda" en 1923, "Los Desterrados" en 1926, "El Desierto" en 1924 y "Más Allá" en 1934 siendo ésta su última obra.

 

Misiones

 

Quiroga conoció San Ignacio en 1903, como fotógrafo de una expedición a las ruinas jesuíticas, encargada por el Ministerio de Instrucción Pública al escritos Leopoldo Lugones, su maestro. Quiroga pisó la selva vestido de blanco, y alterado por el asma y la dispepsia tenaz. Su conducta fue exasperante: en Posadas se negó a subirse a una mula y exigió un caballo; como los expedicionarios marchaban a paso lento, él se adelantaba o se demoraba y todos debían detenerse a esperarlo durante horas. Pero Misiones fue un bálsamo: la dispepsia y el asma desaparecieron. "Aquí el invierno me trae olor a azahar y melón silvestre de Misiones" escribió en Buenos Aires.

Y en 1906 compró sin más 185 hectáreas sobre el río Paraná y levantó un bungalow de madera con sus propias manos.

"En los alrededores y dentro de las ruinas de San Ignacio, la subcapital del Imperio Jesuítico, se levanta en Misiones el pueblo actual del mismo nombre. Constitúyelo una serie de ranchos ocultos unos de los otros por el bosque. Hay en la colonia almacenes, muchos más de los que se pueden desear, al punto de que no es posible ver abierto un camino vecinal sin que en el acto de un alemán, un español o un sirio se instale en el cruce con un boliche. En el espacio de dos manzanas están ubicadas todas las oficinas públicas: Comisaría, Juzgado de la Paz, Comisión Municipal, y una escuela mixta. Como nota de color, existe en las mismas rutinas - invadidas por el bosque - un bar, creado en los días de fiebre de la yerba mate, cuando los capataces que descendían del Alto Paraná hasta Posadas bajan ansiosos en San Ignacio a parpadear de ternura ante una botella de whisky."

El techo de incienso

 

La selva fue su mayor inspiración, y su refugio al huir de un pasado trágico.

Gracias a Horacio Quiroga, San Ignacio, un pueblo de tan sólo cuatro mil habitantes, ingresó a la historia del país, porque ni las famosas ruinas jesuíticas le dieron tanto renombre como este escritor con aire de chiflado que andaba en bermudas, jugaba picadas por el Paraná domando un motor fuera de borda, y rompía irrespetuosamente la siesta del pueblo con dos máquinas feroces: un Ford T negro y una Harley Davidson del veinticinco.

Un 19 de febrero de 1937, los misioneros al leer el diario, no pudieron creerlo, el juez de paz de San Ignacio; el destilador de naranjas; el carbonero y picapedrero; el productor de yerba; el fabricante de dulce de maní, maíz quebrado, mosaicos de bleck y arena ferruginosa; el inventor de un exótico aparato para matar hormigas; el hombre que obtuvo resina de incienso y tintura del lapacho, ese mismo era poeta. Y uruguayo.

Trabajó la tierra e impuso en un medio salvaje, la ley urbana de la producción. Y todo lo hizo con sus manos y recuperó su pasión juvenil por la química, la misma que de madrugada despertaba a su familia con incendios y explosiones. Y el viejo anhelo de la mecánica, el ciclismo y su oculta vocación por la marina hallaron libre curso en su recoveco salvaje.

"Misiones, colocada a la vera de un pueblo que comienza allí y termina en Amazonas, guarece a una serie de tipos a los que podría lógicamente imputarse cualquier cosa menos ser aburridos. La vida, más desprovista de interés al norte de Posadas, encierra dos o tres pequeñas epopeyas de trabajo o carácter, sino de sangre."

Y él mismo al describir a esos pintorescos seres de frontera, dejó en sus cuentos la huella de su propia epopeya misionera. Fabricando a fuego lento su carbón, fertilizando su meseta pedregosa destilando vino de naranja, clavando y desarmando cien veces la misma canoa, reparando durante cuatro años las goteras del techo de su casa, embalsamando aves, confeccionando sus zapatos, conversando con Anaconda, la víbora que criaba en su jardín, descubrió que escribir era lo mismo que domar los cuatro elementos: un oficio, no un rapto de inspiración.

Y este aprendizaje fue un hito de la historia de la literatura Argentina. Hasta ese momento, como un escritor no hacía un trabajo rentable. Al publicar obras sin costearlas de su bolsillo y escribir artículos remunerados en "Fray Mocho", "Caras y Caretas", "La Nación", "El Hogar" y otros medios periodísticos, se trasformó en un escritor accesible y popular. Sin embargo, Quiroga era popular para todos sus contemporáneos excepto para sus vecinos.

Sólo se sentía a gusto con los trabajadores. Luego de un rato con ellos, Quiroga apuntaba frases en papelitos que guardaba en una lata de galletitas. Esa era la materia prima de sus futuros cuentos. Por eso, su obra registra la transformación económica de Misiones: de la selva a la plantación. Y los protagonistas de esa gesta no son héroes convencionales sino "desterrados". Jangaderos, cantereros, gente de vida dura. Describiendo sus días, Quiroga escribió su autobiografía.

"Iniciábase en aquellos días el movimiento obrero, en una región que no conserva del pasado jesuítico sino dos dogmas: la esclavitud del trabajo, para el nativo, y la inviolabilidad del patrón."

Así describió esos tiempos, época en que se juntaba a los mensú, (trabajadores mensuales) en camiones que los trasladaban para ser explotados en obrajes y yerbales. Algunos nunca regresaban, los cadáveres de otros aparecían flotando en el Paraná. Quiroga mismo los vio, devolviendo al río en agua de sus pulmones. Todos los mensú adormecían sus resentimientos y amarguras con caña, y los pocos que volvían cada tanto al pueblo gastaban el resto del sueldo en las casas de juego y los prostíbulos del puerto. Cerca de la charca de Quiroga, en la Unión Obrera y Campesina, allá por el año quince se gestaba la anarquía y la rebelión.

Horacio Quiroga también tuvo una plantación de yerba mate, La Yabebirí. Pese al entusiasmo y algunas ventas, no hizo ganancias. "Yo soy agricultor, no comerciante.", decía.

En los cuentos "Una bofetada" y "Los mensú", Quiroga describió otro oficio en extinción: la janjada.

La obsesión Quiroga sobrepasó San Ignacio. En 1928, ya con segunda esposa, vive en una casa quinta de Vicente López que reproducía el ambiente de su bungalow misionero: a falta de maderas, armó y desarmó su viejo Ford, y criaba un coatí, un oso hormiguero, un carpincho y un flamenco en el jardín. Sostenía correspondencia con Isidoro Escalera, el socio de algunas aventuras misioneras, y su casero. Intentaba vender yerba en Buenos Aires y naranjas en Garupá. Y lo desvelaban las hormigas que acechaban entre sus plantas. "Ya no puedo estar más sin Misiones", bramaba.

Con respecto a la fermentación de vino de naranjas, en 1930, Quiroga ya se había dado cuenta que no sería un buen negocio. Pero Quiroga no se dio por vencido. Especuló con vender las naranjas de su plantación a 40 pesos el millar. Soñó y soñó todo el tiempo, porque sus productos nunca le dieron demasiado dinero. Sus ingresos provenían mayormente de la literatura: "Valdría la pena exponer un día esta peculiaridad mía de no escribir sino incitado la economía."

Sus últimos años, sólo cobró 50 pesos por un cargo de cónsul honorario, fruto de la gestión de algunos escritores amigos ante el gobierno uruguayo. Era cada día más pobre y empezaba a cansarse. Incitado por Jorge Luis Borges, los nuevos intelectuales lo consideraban antiguo y lo bombardeaban con todo tipo de artillería. Cada vez le costaba más vender sus trabajos. Había escrito 170 de cuentos y el doble de artículos periodísticos.

Hacía balances: "Tengo mi derecho a resistirme a escribir más. Si en dicha cantidad de páginas no dije lo que quería no es tiempo ya de decirlo"

Decálogo del perfecto cuentista

 

I : Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II : Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III : Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV : Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V : No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI : Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII : No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII : Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX : No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X : No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Conclusión

 

La trágica vida de Horacio Quiroga, llena de suicidios y muertes, llegó a obsesionarlo de tal manera que logró que todos sus cuentos y novelas tuvieran un contenido macabro y morboso. Su estadía en Misiones hace que todo este contenido se base en características de animales y su contacto con la muerte.

Podemos apreciar también en sus obras, como el contacto con la naturaleza, con los animales de la selva misionera y con la vida primitiva dejan grandes huellas en su estilo de escritura.


Link Original : Quiroga, Horacio : http://www.profesorenlinea.cl/biografias/quirogahoracio.htm

Quiroga, Horacio

Horacio Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1879. Sus primeros veinticinco años los vivió en su patria de origen. Muy joven, se inicia en la literatura, colaborando en revistas de Salto. Escribe poemas y artículos firmados con diferentes seudónimos. En 1899, funda la Revista del SaltoLe correspondió vivir en una época de grandes y constantes cambios sociales y políticos, anteriores al establecimiento de la democracia en su país. En lo literario, predominaban corrientes decadentistas y modernistas.

Ya en Montevideo, Quiroga participó de la bohemia de 1900. Por esos años presidió el "Consistorio del Gay Saber" y en 1901 publicó su primer libro: Los arrecifes de coral. Después de un viaje no muy exitoso a París, en 1900 regresa a América, estableciéndose en Buenos Aires. Argentina será, desde entonces, su segunda patria.

Lee con entusiasmo a Dumas, Scott, Dickens, Balzac, Zola, Maupassant, los Goncourt, Heine, Bécquer, Hugo, etc. Pero la lectura de Edgard Allan Poe ejerce sobre él un impacto notable. Estudia la técnica cuentística del norteamericano, maestro indiscutido de este género literario. En parte, de ese autor deriva su predilección por temas terroríficos y fantásticos, como también un tono marcadamente pesimista. De sus ensayos y reflexiones, Quiroga elabora su "Decálogo del perfecto cuentista", en el que resume su propia experiencia y la teoría de la composición de Poe.

Aunque en sus comienzos Quiroga acusa un predominio de amaneramientos modernistas, con un abundante uso de galicismos, a medida que va adquiriendo experiencia y oficio evoluciona hacia un estilo propio. Se aparta de temas y formas del modernismo y fija su atención en lo americano, aunque dándole una proyección universal. Anuncia, con bastante anticipación, lo que años después será llamado el "mundonovismo" hispanoamericano. También el criollismo lo cuenta entre sus antecedentes.

Quiroga es uno de los primeros escritores que descubren la naturaleza americana como materia narrativa de sus obras. Es, también, uno de los primeros en cultivar nuevas formas del relato fantástico. Modalidad iniciada débilmente por los escritores argentinos en el siglo diecinueve.

Su colaboración en la revista Caras y Caretas lo obliga a una cuidadosa elaboración de los cuentos. En aras de la brevedad, deben estar despojados de todo elemento inconsistente, para concentrarse en lo verdaderamente esencial y funcional.

En 1902, ejerce como profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires. Desde allí, parte hacia la región de Misiones, como fotógrafo de una expedición dirigida por Lugones. Esta experiencia en la selva lo marca profundamente. En 1904 viaja al Chaco como plantador de algodón. Sufre un rotundo fracaso.

Vuelto a Buenos Aires, consigue una cátedra de castellano y literatura en la Escuela Normal Nº 8. Allí se enamora de una alumna, con la que se casa en 1909. No contento con la primera experiencia empresarial fallida, compra un campo en San Ignacio, en Misiones, hacia donde se traslada con su esposa. Su ilusión es prosperar como cultivador de yerba mate. Allí nacerán su hija Eglé y su hijo Darío.

En San Ignacio, es nombrado juez de paz y oficial del Registro Civil. Alterna sus menesteres burocráticos y empresariales, sin dejar de lado sus afanes literarios. Sus lecturas se diversifican. Incluye autores como los rusos Gorki, Turguenev y Dostoiewski; también figuran obras de Kipling, Anatole France y Flaubert entre sus preferencias.

La vida en el territorio de Misiones le ofrece experiencias variadas. Aunque sus empresas comerciales fracasan, en cambio, el contacto con la naturaleza bárbara ha sido fascinante. La selva le proporciona abundantes historias, personajes interesantes y anécdotas que incorporará a sus relatos. Pero no todo allí es idílico: las condiciones malsanas y el trabajo esclavizante conducen a la desesperación o al aniquilamiento moral y físico.

Estas experiencias irán tomando forma literaria y, sucesivamente, se condensarán en libros como Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva (1918), El salvaje (1920). Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925), Los desterrados (1926), El regreso de Anaconda (1926) y Más allá (1935).

En 1914, cambia de giro comercial hacia la fabricación de carbón y la producción de vino de naranjas, labores que no mejoran su situación económica. Además, intentó otras muchas actividades: fabricaba cerámicas, tejía redes, construía sus propios muebles; elaboraba exquisitos dulces, fabricaba carteras y cinturones con cueros de víboras y ensayó muchos otros productos. Pero los resultados fueron siempre adversos.

En el aspecto personal, la vida de Quiroga se vio marcada por la tragedia. De aquí deriva la principal vertiente pesimista y la angustia que trasuntan sus mejores cuentos, muchos de los cuales están inspirados en el tema de la muerte. En la ficción, son los elementos violentos y la inestabilidad sicológica, tan frecuentes, los que confieren autenticidad humana a los relatos.

Pero muchos de esos sufrimientos han sido reales en la vida del autor: cuando Horacio tenía sólo tres meses de edad, su padre murió en un accidente de caza. Cuando contaba diecisiete años es el primero en enfrentarse con el cadáver de su padrastro, Ascencio Barcos, que se suicida en septiembre de 1896. Cuando estaba ya en Buenos Aires da muerte, accidentalmente, a su mejor amigo, Federico Ferrando, mientras le enseñaba a manejar una pistola. A fines de 1915, su esposa Ana María, incapaz de soportar la dura vida de la selva ni el carácter inestable del marido, enloquece y se suicida, envenenándose.

Vuelto a Buenos Aires, vive como ciudadano uruguayo. Entre los años 1917 y 1920, Quiroga desempeña labores consulares, hasta ascender al Consulado General de su país.

En 1920 publica su única obra teatral, Las sacrificadas, inspirada en el cuento Una estación de amor. La pieza se representa sin mucho éxito, lo que no sorprende al autor. Ya se ha convencido de que sus logros artísticos más significativos los alcanzará con los cuentos.

La mejor época de Quiroga, como escritor, se extiende entre los años 1917 a 1926. Ha estado un corto tiempo en Misiones, pero regresa a Buenos Aires. Se vuelve a casar en 1927, esta vez con una joven de veinte años, María Elena Bravo, compañera de su hija Eglé. Al año siguiente, 1928, nace su tercera hija, Pitoca.

Viaja a Misiones con su familia. Consigue trasladar su consulado a San Ignacio para establecerse en la región en forma permanente. Pero pronto queda cesante, a raíz de un golpe de Estado y el consiguiente cambio de gobierno en Uruguay.

Comienza, para él, una acelerada decadencia. A las dificultades económicas se suman problemas matrimoniales y de salud. Su situación es tan precaria, que sus amigos se encargan de publicarle su último libro de cuentos, Más allá, en 1935. Con él obtiene un premio del Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay.

Poco después, en 1936, debe volver a Buenos Aires, gravemente enfermo. Es operado, no se recupera y descubre el diagnóstico de cáncer que le han ocultado. Después de haber estado en casa de su hija Eglé, regresa al hospital. Esa noche se suicida con cianuro, al amanecer del 19 de febrero de 1937. Sus cenizas fueron llevadas a Uruguay.

SU OBRA LITERARIA

La cantidad de obras de Quiroga es numerosa, y cada cierto tiempo algunas de ellas se agotan.

Casi al final de su vida, el propio autor, en carta a un amigo, dice: "Al recorrer mi archivo literario, a propósito de Más allá, anoté ciento ocho historias editadas y sesenta y dos que quedaron rezagadas. La suma de ciento setenta cuentos, lo que es una enormidad para un hombre solo. Incluya usted algo como el doble de artículos más o menos literarios y convendrá en que tengo mi derecho a resistirme a escribir más. Si en dicha cantidad de páginas no dije lo que quería, no es tiempo ya de decirlo."

Escribió, también, dos novelas. La primera, en 1908, Historia de un amor turbio. Algunos años después edita Pasado amor, cuyo tema tiene elementos autobiográficos, al igual que muchos de sus cuentos.

Años más tarde, un escritor de tanta relevancia como Julio Cortázar reconocerá la maestría de Quiroga en la composición de sus cuentos. Cortázar lo llama "el hermano' Quiroga", cuando comenta el "Decálogo del perfecto cuentista", en el ensayo, Del cuento breve y sus alrededores, de 1968.

SOBRE "CUENTOS DE LA SELVA"

El núcleo de los Cuentos de la selva se origina en los relatos que Quiroga inventaba para entretener a sus pequeños, en Misiones. Por eso los llama "cuentos de mis hijos", al publicarlos en revistas. En 1918 los recoge en un libro que titula Cuentos de la selva para niños. Es un conjunto de ocho relatos breves, escritos en prosa sencilla y clara. Sus notas emotivas e imaginativas despiertan el interés juvenil.

Los acontecimientos son protagonizados por animales de la fauna norteña argentina. El ambiente físico está subentendido, más bien insinuado que descrito. El acento de la narración está puesto sobre la convivencia del hombre con esos animales, en un entendimiento que se asemeja al de las fábulas. Esto se nota, tanto en la personificación de fieras y aves como en la presencia de un contexto moralizante. Se aconseja el respeto a la vida y a las condiciones naturales de la selva; se muestran virtudes como la lealtad, la gratitud, la fuerza de voluntad y la abnegación; al mismo tiempo, se fustigan la vanidad, el orgullo y la indolencia.

No obstante, en algunos de estos relatos se dan situaciones violentas, ocasionadas por sentimientos negativos de crueldad y venganza.

La lectura de las obras de Horacio Quiroga es siempre atractiva. Nos enfrentamos a unos cuentos que parecen relatados por un personaje más, participante de la acción misma. Al haber desaparecido las insistentes palabras del narrador omnisciente, se logra esa naturalidad y una gran comprensión de las motivaciones y sentimientos de los personajes. Esta cualidad, unida a la concisión del lenguaje, al dinamismo de su estilo y a la tensión expresiva del relato, dan a sus obras su sello de contemporaneidad. Con justa razón se le ha considerado como un precursor del cuento hispanoamericano.


Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga

Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca- Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/

Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca- Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/tortuga.htm

La Tortuga Gigante

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. El no quería ir porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:

-Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.

El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramadal con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia. Había hecho un atado con los cueros de los animales, y los llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosene.

El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador que tenía una gran puntería le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.

-Ahora-se dijo el hombre-voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. -Voy a morir-dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. Y al poco rato la fiebre subió más aun, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:

-El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora. Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera, El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento, Miró a todos lados, y vio que estaba solo pues allí no había más que él y la tortuga; que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: -Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento.

Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: -Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese.

Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima.

Después de ocho o diez horas de caminar se detenía y deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco. Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana.

Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: -Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte. El creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto.

No tenía más fuerza para nada. Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba todo el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella. Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad-posiblemente el ratoncito Pérez-encontró a los dos viajeros moribundos. -¡Qué tortuga!-dijo el ratón-. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, que es? ¿Es leña? -No-le respondió con tristeza la tortuga-. Es un hombre. -¿Y dónde vas con ese hombre?-añadió el curioso ratón. -Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires-respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía-. Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré...

-¡Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá es Buenos Aires. Al oir esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aôn tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó en seguida.

Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. Y asi pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos. El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo.

Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca- Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/flamencos.htm

Las Medias de los Flamencos


Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos y a los yacarés, y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola. Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarrillos paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo; y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla. Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada como un farolito una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas levaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás. Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas.

Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos. Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido como adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.

Un flamenco dijo entonces: -Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros. Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo. -¡Tan-tan!-pegaron con las patas. -¿Quién es?-respondió el almacenero. -Somos los flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras? -No, no hay-contestó el almacenero-. ¿Están locos? En ninguna parte va a encontrar medias así. Los flamencos fueron entonces a otro almacén. -¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras? El almacenero contestó: -¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quienes son? -Somos los flamencos-respondieron ellos. Y el hombre dijo: -Entonces son con seguridad flamencos locos. Fueron a otro almacén. -¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras? El almacenero gritó: -¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida! Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos. Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo: -¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras. Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron: -¡Buenas noches lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

-¡Con mucho gusto!-respondió la lechuza-. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida. Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado. -Aquí están las medias-les dijo la lechuza-. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar. Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile. Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias. Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien. Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas.

Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar aunque estaban cansadísimos y ya no podían más. Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados. Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado; En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná. -¡No son medias!-gritaron las víboras-. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral! Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile. Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido, eran venenosas. Pero los flamencos no murieron, corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas. A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por la tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla. Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca- Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/loro.htm

El Loro Pelado

Había una vez una banda de loros que vivía en el monte. De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien. Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros. Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón, los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota.

El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja. Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche. Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: "¡Buen día. lorito!..." "¡Rica la papa!..." "¡Papa para Pedrito!..."

Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras. Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco. Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea. Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando: -"¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito!..."-y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar. Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz. -¿Qué será?-se dijo el loro-. "¡Rica, papa!..." ¿Qué será eso?... "¡Buen día, Pedrito!..."

El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba enterderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente. Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningôn miedo. -¡Buen día, tigre!-le dijo-. "¡La pata, Pedrito!..." Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene le respondió: -¡Bu-en-día! -¡Buen día, tigre! -repitió el loro-. "¡Rica papa!... ¡rica papa!... ¡rica papa!..." Y decía tantas veces "¡rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre. -¡Rico té con leche!-le dijo-. "¡Buen día, Pedrito!..." ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre? Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó: -¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sordo! El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo.

Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo. -¡Rica papa, en casa! -repitió, gritando cuanto podía. -¡Más cer-ca! ¡No oi-go!-respondió el tigre con su voz ronca. El loro se acercó un poco más y dijo: -¡Rico té con leche! -¡Más cer-ca toda-vía!-repitió el tigre. El pobre loro se acercó aun más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola. -¡Tomá! -Rugió el tigre-. Andá a tomar té con leche... El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro. Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor; con esa figura?

Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de verg‰enza. Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia: -¿Dónde estará Pedrito?-decían. Y llamaban¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito! Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar. Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto. Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha verg‰enza de verse pelado como un ratón.

De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer. Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas. -¡Pedrito, lorito!-le decían-. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito! Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra. Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que había pasado: Un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando: -¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma! Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.

El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al Tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta. Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre. Entonces el loro se puso a gritar: -¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?. .. El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca: -¡Acer-ca-te más! ¡Soy sor-do! El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando: -¡Rico, pan con leche! ... ¡ESTA AL PIE DE ESTE ARBOL ! ... Al oír estas ôltimas palabras, el tigre,lanzó un rugido y se levantó de un salto. -¿Con quién estás hablando?-bramó-. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol? -¡A nadie, a nadie!-gritó el loro-. "¡Buen día, Pedrito! ... ¡La pata, lorito! ... "

Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro. Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó: -"¡Rica papa! ... " ¡ATENCION! -¡Más cer-ca aun!-rugió el tigre, agachándose para saltar. -¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO VA A SALTAR! Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto. Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado-¡y bien vengado!-del feísimo animal que le había sacado las plumas!

El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor. Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho. Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche. -¡Rica papa!... -le decía-. ¿Querés té con leche?. ¡La papa para el tigre!... Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca- Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/yacare.htm

La Guerra de los Yacares


En un río muy grande, en un país desierto donde nunca había estado el hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más de mil. Comían pescados, bichos que iban a tomar agua al río, pero sobre todo pescados. Dormían la siesta en la arena de la orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de luna. Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde, mientras dormían la siesta, un yacaré se despertó de golpe y levantó la cabeza porque creía haber sentido ruido. Prestó oídos y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un ruido sordo y profundo.

Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado. -¡Despiértate!-le dijo-. Hay peligro. -¿Qué cosa?-respondió el otro, alarmado. -No sé-contestó el yacaré que se había despertado primero-. Siento un ruido desconocido. El segundo yacaré oyó el ruido a su vez, y en un momento despertaron a los otros. Todos se asustaron y corrían de un lado para otro con la cola levantada. Y no era para menos su inquietud, porque el ruido crecía, crecía. Pronto vieron como una nubecita de humo a lo lejos, y oyeron un ruido de chas-chas en el río como si golpearan el agua muy lejos. Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello? Pero un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos, un viejo yacaré a quien no quedaban sino dos dientes sanos en los costados de la boca, y que había hecho una vez un viaje hasta el mar, dijo de repente: -¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua blanca por la nariz!

El agua cae para atrás. Al oír esto, los yacarés chiquitos comenzaron a gritar como locos de miedo, zambullendo la cabeza. Y gritaban: -¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena! Pero el viejo yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía más cerca. -¡No tengan miedo!-les gritó-. ¡Yo sé lo que es la ballena! ¡Ella tiene miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo! Con lo cual los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero en seguida volvieron a asustarse, porque el humo gris se cambió de repente en humo negro, y todos sintieron bien fuerte ahora el chas-chas-chas en el agua. Los yacarés, espantados, se hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la punta de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella cosa inmensa, llena de humo y golpeando el agua, que era un vapor de ruedas que navegaba por primera vez por aquel río. El vapor pasó, se alejó y desapareció.

Los yacarés entonces fueron saliendo del agua, muy enojados con el viejo yacaré, porque los había engañado, diciéndoles que eso era una ballena. -¡Eso no es una ballena!-le gritaron en las orejas, porque era un poco sordo-. ¿Qué es eso que pasó? El viejo yacaré les explicó entonces que era un vapor, lleno de fuego, y que los yacarés se iban a morir todos si el buque seguía pasando. Pero los yacarés se echaron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco. ¿Por qué se iban a morir ellos si el vapor seguia pasando? Estaba bien loco, el pobre yacaré viejo! Y como tenían hambre se pusieron a buscar pescados. Pero no había ni un pescado. No encontraron un solo pescado. Todos se habían ido, asustados por el ruido del vapor. No había más pescados. -¿No les decía yo?-dijo entonces el viejo yacaré-. Ya no tenemos nada que comer. Todos los pescados se ha ido. Esperemos hasta mañana. Puede ser que el vapor no vuelva más, y los pescados volverán cuando no tengan más miedo. Pero al día siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y vieron pasar de nuevo al vapor, haciendo mucho ruido y largando tanto humo que oscurecía el cielo. -Bueno-dijeron entonces los yacarés-; el buque pasó ayer, pasó hoy, y pasará mañana. Ya no habrá más pescados ni bichos que vengan a tomar agua, y nos moriremos de hambre. Hagamos entonces un dique.

-Sí, un dique! Un dique!-gritaron todos, nadando a toda fuerza hacia la orilla-. Hagamos un dique! En seguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y echaron abajo más de diez mil árboles, sobre todo lapachos y quebrachos, porque tienen la madera muy dura... Los cortaron con la especie de serrucho que los yacarés tienen encima de la cola; los empujaron hasta el agua, y los clavaron a todo lo ancho del río, a un metro uno del otro. Ningôn buque podía pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros de que nadie vendría a espantar los pescados. Y como estaban muy cansados, se acostaron a dormir en la playa. Al otro día dormían todavía cuando oyeron el chaschas-chas del vapor. Todos oyeron, pero ninguno se levantó ni abrió los ojos siquiera. ¿Qué les importaba el buque? Podía hacer todo el ruido que quisiera, por allí no iba a pasar. En efecto: el vapor estaba muy lejos todavía cuando se detuvo. Los hombres que iban adentro miraron con anteojos aquella cosa atravesada en el río y mandaron un bote a ver qué era aquello que les impedía pasar. Entonces los yacarés se levantaron y fueron al dique, y miraron por entre los palos, riéndose del chasco que se había llevado el vapor. El bote se acercó, vio el formidable dique que habían levantado los yacarés y se volvió al vapor. Pero después volvió otra vez al dique, y los hombres del bote gritaron:

-¡Eh, yacarés! -¡Qué hay!-respondieron los yacarés, sacando la cabeza por entre los troncos del dique. -¡Nos esta estorbando eso!-continuaron los hombres. -¡Ya lo sabemos! -¡No podemos pasar! -¡Es lo que queremos! -¡Saquen el dique! -¡No lo sacamos! Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos y gritaron después: -¡Yacarés! -¿Qué hay?-contestaron ellos. -¿No lo sacan? -¡No! -¡Hasta mañana, entonces! -¡Hasta cuando quieran! Y el bote volvió al vapor, mientras los yacarés, locos de contentos, daban tremendos colazos en el agua. Ningôn vapor iba a pasar por allí y siempre, siempre, habría pescados. Pero al día siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés miraron el buque, quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo buque. Era otro, un buque de color ratón, mucho más grande que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ése? ¿Ese también quería pasar? No iba a pasar, no.

¡Ni ése, ni otro, ni ningôn otro! -¡No, no va a pasar!-gritaron los yacarés, lanzándose al dique, cada cual a su puesto entre los troncos. El nuevo buque, como el otro, se detuvo lejos, y también como el otro bajó un bote que se acercó al dique. Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó: -¡Eh, yacarés! -¡Qué hay! -respondieron éstos. -¿No sacan el dique? -No. -¿No? -¡No! -Está bien-dijo el oficial-. Entonces lo vamos a echar a pique a cañonazos. -¡Echen!-contestaron los yacarés. Y el bote regresó al buque. Ahora bien, ese buque de color ratón era un buque de guerra, un acorazado, con terribles cañones. El viejo yacaré sabio, que había ido una vez hasta el mar, se acordó de repente y apenas tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés: -¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra! ¡Cuidado! ¡Escóndanse! Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua y nadaron hacia la orilla, donde quedaron hundidos, con la nariz y los ojos ônicamente fuera del agua. En ese mismo momento, del buque salió una gran nube blanca de humo, sonó un terrible estampido, y una enorme bala de cañón cayó en pleno dique, justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos pedazos, y en seguida cayó otra bala, y otra y otra más, y cada una hacía saltar por el aire en astillas un pedazo de dique, hasta que no quedó nada del dique.

Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara. Todo había sido deshecho a cañonazos por el acorazado. Y los yacarés, hundidos en el agua, con los ojos y la nariz solamente afuera, vieron pasar el buque de guerra, silbando a toda fuerza. Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron: -Hagamos otro dique mucho más grande que el otro. Y en esa misma tarde y esa noche misma hicieron otro dique, con troncos inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos, y estaban durmiendo todavía al día siguiente cuando el buque de guerra llegó otra vez, y el bote se acercó al dique. -¡Eh, yacarés!-gritó el oficial. -¡Qué hay!-respondieron los yacarés. -¡Saquen ese otro dique! -¡No lo sacamos! -¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro! -¡Deshagan... si pueden! -¡Y hablaban así con orgullo porque estaban seguros de que su nuevo dique no podría ser deshecho ni por todos los cañones del mundo.

Pero un rato después el buque volvió a llenarse de humo, y con un horrible estampido la bala reventó en el medio del dique, porque esta vez habían tirado con granada. La granada reventó contra los troncos, hizo saltar, despedazó, redujo a astillas las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la primera y otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron deshaciendo el dique. Y no quedó nada del dique; nada, nada. El buque de guerra pasó entonces delante de los yacarés, y los hombres les hacían burlas tapándose la boca. -Bueno-dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua-. Vamos a morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los pescados no volverán. Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre. El viejo yacaré dijo entonces: -Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al Surubí. Yo hice el viaje con él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. El vio un combate entre dos buques de guerra, y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo, y aunque está muy enojado con nosotros los yacarés, tiene buen corazón y no querrá que muramos todos.

El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían comido a un sobrinito del Surubí, y éste no había querido tener más relaciones con los yacarés. Pero a pesar de todo fueron corriendo a ver al Surubí, que vivía en una gruta grandísima en la orilla del río Paraná, y que dormía siempre al lado de su torpedo. Hay surubíes que tienen hasta dos metros de largo y el dueño del torpedo era uno de éstos. -¡Eh, Surubí!-gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta, sin atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito. -¿Quién me llama?-contestó el Surubí. -¡Somos nosotros, los yacarés! -¡No tengo ni quiero tener relación con ustedes -respondió el Surubí, de mal humor. Entonces el viejo yacaré se adelentó un poco en la gruta y dijo: -¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar! Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta. -¡Ah, no te había conocido!-le dijo cariñosamente a su viejo amigo-. ¿Qué quieres? -Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro y lo echó también a pique. Los pescados se han ido, y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos a pique a él.

El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo: -Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo? Ninguno sabía, y todos callaron. -Está bien-dijo el Surubí, con orgullo-, yo lo haré reventar. Yo sé hacer eso. Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros; de la cola de uno al cuello del otro; de la cola de éste al cuello de aquél, formando así una larga cadena de yacarés que tenía más de una cuadra. El inmenso Surubí empujó al torpedo hacia la corriente y se colocó bajo él, sosteniéndolo sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que estaban atados los yacarés uno detrás de otro se habían concluido, el Surubí se prendió con los dientes de la cola del ôltimo yacaré, y así emprendieron la marcha. El Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban corriendo por la costa. Subían, bajaban, saltaban por sobre las piedras, corriendo siempre y arrastrando al torpedo, que levantaba olas como un buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana siguiente, bien temprano, llegaban al lugar donde habían construido su ôltimo dique, y comenzaron en seguida otro, pero mucho más fuerte que los anteriores, porque por consejo del Surubí colocaron los troncos bien juntos, uno al lado del otro. Era un dique realmente formidable.

Hacía apenas una hora que acababan de colocar el ôltimo tronco del dique, cuando el buque de guerra apareció otra vez, y el bote con el oficial y ocho marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces por los troncos y asomaron la cabeza del otro lado. -¡Eh, yacarés!-gritó el oficial. -¡Qué hay!-respondieron los yacarés. -¿Otra vez el dique? -¡Sí, otra vez! -¡Saquen ese dique! -¡Nunca! -¿No lo sacan? -¡No! -¡Bueno; entonces, oigan-dijo el oficial-: Vamos a deshacer este dique, y para que no quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes, a cañonazos. No va a quedar ni uno solo vivo-ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni flacos ni jóvenes, ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no tiene sino dos dientes en los costados de la boca. El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo: -Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero usted sabe qué van a comer mañana estos dientes?-añadió, abriendo su inmensa boca. -¿Qué van a comer, a ver?-respondieron los marineros. -A ese oficialito-dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su tronco.

Entretanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en medio del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo agarraran con cuidado y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara. Así lo hicieron. En seguida, los demás yacarés se hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando ônicamente la nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo. De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el primer cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en el centro del dique, e hizo volar en mil pedazos diez o doce troncos. Pero el Surubí estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero en el dique, gritó a los yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo: -Suelten el torpedo, ligero, suelten! Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua. En menos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí colocó el torpedo bien en el centro del boquete abierto, apuntando con un solo ojo, y poniendo en movimiento el mecanismo del torpedo, lo lanzó contra el buque. ¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro pedazo del dique.

Pero el torpedo llegaba ya al buque, y los hombre que estaban en él lo vieron: es decir, vieron el remolino que hace en el agua un torpedo. Dieron todos un gran grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara. Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el centro, y reventó. No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó el torpedo. Reventó, y partió el buque en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo. Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron como locos al dique. Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la granada a los hombres muertos, heridos y algunos vivos que la corriente del río arrastraba. Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos lados del boquete y cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la boca con las patas. No quisieron comer a ningôn hombre, aunque bien lo merecían. Sólo cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua, y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió. -¿Quién es ése?-preguntó un yacarecito ignorante.

-Es el oficial-le respondió el Surubí-. Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido. Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que ningôn buque volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del cinturón y los cordones del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado enredados allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo por bajo las aletas, y del extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones de la espada. Como la piel del Surubí es muy bonita, y las manchas oscuras que tiene se parecen a las de una víbora, el Surubí nado una hora pasando y repasando ante los yacarés, que lo admiraban con la boca abierta. Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta, y le dieron las gracias infinidad de veces. Volvieron después a su paraje. Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven todavía muy felices, porque se han acostumbrado al fin a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas. Pero no quieren saber nada de buques de guerra.

Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca- Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/gama.htm

La Gama Ciega

Había una vez un venado -una gama-, que tuvo dos hijos mellizos, cosa rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó sólo la hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en los costados. Su madre le hacía repetir todas las mañanas, al rayar el día, la oración de los venados. Y dice así:

I Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.
II Hay que mirar bien el río y quedarse quieta antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés.
III Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.
IV Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar siempre antes los yuyos para ver si hay víboras.

Este es el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre la dejó andar sola. Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenía un color oscuro, como el de las pizarras.

¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo, pero como era muy traviesa, dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó. Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban apuradas por encima. La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima, porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. Hay abejas así. En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contenta fue a contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente. -Ten mucho cuidado, mi hija -le dijo-, con los nidos de abejas.

La miel es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los nidos que veas. La gamita gritó contenta: -¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras sí pican, las abejas, no. -Estás equivocada, mi hija -continuó la madre-. Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija; porque me vas a dar un gran disgusto. -Sí, mamá! ¡Sí mamá!-respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a la mañana siguiente, fue seguir los senderos que habían abierto los hombres en el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas.

Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El nido también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas abejas eran más grandes, la miel debía ser más rica. Se acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas creyó que su mamá exageraba, como exageran siempre las madres de las gamitas. Entonces le dio un gran cabezazo al nido. ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Salieron en seguida cientos de avispas, miles de avispas que la picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho peor, en los mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos. La gamita, loca de dolor, corrió y corrió gritando, hasta que de repente tuvo que pararse porque no veía más: estaba ciega, ciega del todo.

Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó quieta entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar desesperadamente. -¡Mamá... ¡Mamá! ... Su madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso hasta su cubil, con la cabeza de su hija recostada en su pescuezo, y los bichos del monte que encontraban en el camino, se acercaban todos a mirar los ojos de la infeliz gamita. La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía bien que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero era un hombre bueno.

La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir a pedir una carta de recomendación al Oso Hormiguero, que era gran amigo del hombre. Salió, pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo el monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo, no podía dar un paso más de cansancio. Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una especie pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que pasan por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil, porque viven siempre en los árboles, y se cuelgan de la cola. ¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el Oso Hormiguero y el cazador? Nadie lo sabía en el monte; pero alguna vez ha de llegar el motivo a nuestros oídos. La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero. -¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! -llamó jadeante. -¿Quién es?-respondió el Oso Hormiguero. -¡Soy yo, la gama! -¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama? -Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega. -¿Ah, la gamita?-le respondió el Oso Hormiguero-.

Es una buena persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito... Muéstrele esto, y la atenderá. Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una cabeza seca de víbora, completamente seca, que tenía aôn los colmillos venenosos. -Muéstrele esto- dijo aôn el comedor de hormigas-. No se precisa más. -¡Gracias, Oso Hormiguero!- respondió contenta la gama-. Usted también es una buena persona. Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer. Al pasar por su cubil recogió a su hija, que se quejaba siempre, y juntas llegaron por fin al pueblo, donde tuvieron que caminar muy despacito y arrimarse a las paredes, para que los perros no las sintieran. Ya estaban ante la puerta del cazador. -¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!- golpearon. -¿Qué hay?- respondió una voz de hombre, desde adentro. -¡Somos las gamas!... ¡ Tenemos la cabeza de víbora!

La madre se apuró a decir esto, para que el hombre supiera bien que ellas eran amigas del Oso Hormiguero. -¡Ah, ah!- dijo el hombre, abriendo la puerta-. ¿Qué pasa? Venimos para que cure a mi hija, la gamita, que está ciega. Y contó al cazador toda la historia de las abejas. -¡Hum!... Vamos a ver qué tiene esta señorita- dijo el cazador. Y volviendo a entrar en la casa, salió de nuevo con una sillita alta, e hizo sentar en ella a la gamita para poderle ver bien los ojos sin agacharse mucho. Le examinó así los ojos, bien de cerca con un vidro redondo muy grande, mientras la mamá alumbraba con el farol de viento colgado de su cuello. -Esto no es gran cosa- dijo por fin el cazador, ayudando a bajar a la gamita-. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos todas las noches, y téngala veinte días en la oscuridad. Después póngale estos lentes amarillos, y se curará. -¡Muchas gracias, cazador!- respondió la madre, muy contenta y agradecida-. ¿Cuánto le debo? -No es nada- respondió sonriendo el cazador-.

Pero tenga mucho cuidado con los perros, porque en la otra cuadra vive precisamente un hombre que tiene perros para seguir el rastro de los venados. Las gamas tuvieron gran miedo; apenas pisaban, y se detenían a cada momento, Y con todo, los perros las ofgatearon y las corrieron media legua dentro del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante la gamita iba balando. Tal como lo dijo el cazador se efectuó la curación. Pero solo la gama supo cuánto le costó tener encerrada a la gamita en el hueco de un gran árbol, durante veinte días interminables. Adentro no se veía nada. Por fin una mañana la madre apartó con la cabeza el gran montón de ramas que había arrimado al hueco del árbol para que no entrara luz, y la gamita con sus lentes amarillos, salió corriendo y gritando: -¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo! Y la gama, recostando la cabeza en una rama, lloraba también de alegría, al ver curada su gamita.

Y se curó del todo; Pero aunque curada, y sana y contenta, la gamita tenía un secreto que la entristecía. Y el secreto era éste: ella quería a toda costa pagarle al hombre que tan bueno había sido con ella, y no sabía cómo. Hasta que un día creyó haber encontrado el medio. Se puso a recorrer la orilla de las lagunas y bañados, buscando plumas de garza para llevarle al cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita ciega que él habia curado. Y una noche de lluvia estaba el hombre leyendo en su cuarto muy contento porque acababa de componer el techo de paja, que ahora no se llovía más; estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la puerta, y vio a la gamita que le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de garza. El cazador se puso a reír, y la gamita, avergonzada porque creía que el cazador se reía de su pobre regalo, se fue muy triste.

Buscó entonces plumas muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió con ellas; y esta vez el hombre, que se había reído la vez anterior de cariño, no se rió esta vez porque la gamita no comprendía la risa. Pero en cambio le regaló un tubo de tacuara lleno de miel, que la gamita tomó loca de contenta. Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella se empeñaba siempre en llevarle plumas de garza que valen mucho dinero, y se quedaba las horas charlando con el hombre. El ponía siempre en la mesa un jarro enlozado lleno de miel, y arrimaba la sillita alta para su amiga. A veces le daba también cigarros que las gamas comen con gran gusto, y no les hacen mal. Pasaban así el tiempo, mirando la llama, porque el hombre tenía una estufa de leña mientras afuera el viento y la lluvia sacudían el alero de paja del rancho. Por temor a los perros, la gamita no iba sino en las noches de tormenta. Y cuando caía la tarde y empezaba a llover, el cazador colocaba en la mesa el jarrito con miel y la servilleta, mientras él tomaba café y leía, esperando en la puerta el ¡tan-tan! bien conocido de su amiga la gamita.


Link Original : EL GUARDAPARQUES COMEDIANTE : http://erp.org.ar/ecos/grdprq_cmdnt.htm

El Guardaparques Comediante

EL GUARDAPARQUES COMEDIANTE

 Por Horacio Quiroga *

En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de ceibos y timbós, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas de la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: yo soy romano y negligente. Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar u papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: he sido galante, se decía.

Una vez encontró en un rincón de su cuarto algunos viejos libros que le sirvieran de enseñanza para el teatro. Pasó tres días encerrado. Al cabo de ese tiempo salió con una larga espada de palo y el rostro sombrío. Fue al pueblo -era de noche- y se apostó en una esquina, observando de soslayo las desiertas calles. Como después de mucha espera pasara una dama fue al encuentro de ella, detuvose, colocó su mano izquierda en la cadera, avanzó la pierna derecha, dobló ligeramente la otra, se inclinó, sacó su sombrero, y dijo graciosamente:

-Señora de mis ojos, ¿es que vuesa merced quiere mi vida?

A pesar de todo, era un buen hombre a quien su poca suerte, sin duda, había vuelto algo distraído.

Era guardaparques. Las chicas se reían de él, y los rapaces le seguían cuchicheando. El extraño adorno de sus ojos llamaba la atención de las comadres que le señalaban con el dedo cuando iba, raras veces, a hacer sus compras al pueblo. En esos casos tomaba porte señoril y daba grandes zancadas.

Sucedió que una muchacha que oyera escondida sus monólogos, le susurró al pasar: "Soy romano y negligente". Esto le dejó pensativo por tres días.

En consecuencia, una tarde cogió el palo que le servía de bastón, calzó las grandes botas, y fue a llevar una carta a su jefe que vivía a muchas leguas de distancia. Dejó el papel al secretario y se retiró. Como entregaran el sobre al señor, éste, abriéndole, leyó -escrito en gruesos caracteres perfilados que denotaban un paciente estudio del carácter de letra que debiera adoptar-: "Soy romano y negligente".

Tenía, entre otras manías, la de resguardarse del canto de las ranas. Se cuidaba de él, pero a manera de los ñanduces, esto es, ocultando la cabeza detrás de un árbol u objeto cualquiera. Su canto -decía- puede ocasionar una instantánea regresión a la célula, sólo con que las ondas sonoras repercutan en nuestro centro.

Dialogaba con los cazadores furtivos, observándoles burlonamente con su monóculo.

“Merodear" -solía decirles- "es como buscar un traje nuevo”.

Y enseñaba el suyo rotoso con compasión.

Nunca se acostaba sin antes trazar con tiza una línea recta en el suelo y colocar encima su sombrero.

Los domingos salía de pesca; pero como nunca ponía lombrices a sus anzuelos, los peces, al chapotear, le sumergían en hondas cavilaciones. En uno de estos sucesos mandó una larga disertación al magistrado del pueblo, con este título: Del anzuelo y las lombrices, como factores indispensables en la pesca.

Sabía latín, que no había aprendido, y recitaba versos en inglés.

Su estribillo era: por mas parques y no menos.

Tenía sentencias propias, escritas en un viejo rastrojero fileteado, adquirido no sabía dónde. He aquí una de ellas:

"La raza es el justo medio. A regularidad, siglo. Cuando las razas degeneran, los superiores avanzan. Degeneración quiere decir exaltación. Un halcón peregrino vuela: los papanatas-sapos abren la boca. Como no pueden volar, se arrastran. Entonces proclaman que el que no hace como ellos, peca".

Otra máxima: "Seamos prudentes. ¿Qué quiere decir prudencia? Coordinar los medios de modo que nos produzcan el mayor goce posible. Obremos tal como nos sentimos inclinados a obrar; esto es seamos prudentes.

De todos los recuerdos de su vida anterior, sólo conservaba uno sombrío. ¿Mucho tiempo? Sí, ya casi no recordaba cómo había sido.

Era el gracioso de la cuerpo. Sus compañeros se burlaban de él, y le pegaban sin motivo alguno. Pero era tan bueno que sonreía dulcemente. Una noche le convidaron a cenar, porque la dama joven, que cumplía años, le tenía compasión.

Era una hermosa fiesta, llena de alegría y de señoras. Cuando entró con su vestido desgarbado, sonriendo con timidez y dulzura, como si quisiera pedir disculpa por su presencia, todos le aclamaron a grandes gritos. Uno le tiró del saco, haciéndole caer para atrás; otro le arrojó vino a la cara, un tercero le embadurnó la cara con pasteles, otros le hicieron caer de rodilla, colgándose de sus hombros. Y así todos, empujándole, maltratándole, sirviendo de juguete a los criollos alegres. Pero él se limpiaba sin protestar, sacudía su ropa, pedía casi perdón por su pobre figura.

Cuando se cansaron de él, abandonándole, fue a sentarse en un rincón, con las manos sobre las rodillas. No hacía ruido, por temor de ofenderles. Miraba la creciente alegría de sus compañeros, siempre en su silla, pues no se atrevía a tomar parte en la fiesta. Por eso cuando el primer actor se le acercó, ofreciéndole una vaso de aloja (fermento del Prosopis), rehusó, apartando dulcemente el vaso.

-¡Que beba! ¡Que beba! -gritaban todos.

-¡Bebe! -repetía el actor.

Pero él insistía en su negativa. Como nunca había bebido, temía le hiciera mal. Acudieron todos: uno le sujetó los brazos, los demás le levantaban la cabeza, tirándole del cabello.

-¡Pero déjenme! -repetía el pobre, debatiéndose- ¿Qué mal les he hecho yo?

-¡Que beba! ¡Que beba! -vociferaban.

Y tuvo que beber, y le abandonaron. Al rato insistieron de nuevo y volvió a beber. Y así, cuatro, cinco, seis vasos de aloja.

Se abría para él un mundo nuevo, una convicción tan serena y sencilla de que él estaba a la altura de sus compañeros, que entró en el grupo de las señoras, dirigiendo -sonriente- frases de fina intención.

Sus ademanes eran gratos, tenía alucinaciones. De pronto se sintió con exquisita potencia de voz, y cantó una romanza galante, marcando con el índice el compás.

No permitió que le aplaudieran sino una vez que se hubo parado sobre una silla. Y entonces, sacando la cadera, aplaudió a su vez con suave gracia.

Luego entró en un período de exaltación amorosa. Abrazaba a las damas y les besaba los ojos. Se colocó un sombrero de mujer, y caminando afeminadamente, exclamó: ¡Ved el amor que pasa! Enseguida bebió sin interrupción una botella de vino.

Tenía sed. Bebió más. Cuando la fiesta hubo concluido, se fue con la primera dama a quien agradaba su estado anormal. Es gracioso, decía. Soy galante, insinuaba él, estrechándola. Estaba completamente desvariado.

Luego no recordaba bien lo que había sucedido. En casa de ella tuvo delirios, horas indiscutibles, en que tal vez la locura hizo presa de él.

Su crimen, por el que fue condenado a cuatro años de prisión –pues se le reconocieron causas atenuantes- le había hecho sufrir al principio, luego le había molestado, después le ocasionó orgullosa ventura. Había llegado, en pos de hondo examen, a la conclusión de que el pasado no existe, y todo individuo deja tras de sí millares de otros individuos que son los que han llevado a cabo las diferentes acciones del yo anterior.

-Con mucho -decía- yo seré un descendiente lejano.

"El que mata" -escribió una vez- "tiene dos yo: el suyo y aquel del cual se apropia. Es un avance a la absoluta individualidad. He observado que todos los que matan violentamente asimilan algunas de las cualidades de la víctima. Esto prueba la necesidad de matar, en la oscura persecución de un modo que falta al yo". Una vez concluida la carta, la encerró en un sobre y la llevó al correo con esta dirección: Al señor Narcés, guardaparques. Esperó lleno de impaciencia la carta, y cuando la recibió y la hubo leído, exclamó satisfecho: estoy conforme conmigo mismo.

Los años pasaron, y Narcés vivía siempre en su casita del bosque con la suave dulzura de su existencia sin preocupaciones de ninguna clase. No había perdido sus costumbres: su placer consistía, como antes, en el pedacito de papel cuadrado y su monóculo. Pero una mañana se olvidó de colocárselo, y sonriendo con tristeza comprendió que su vida cambiaba.

Aunque Narcés se había deshecho de todo lo que le recordara su vida anterior, y vivía en su pobreza olvidado de todo, guardaba, sin embargo, algunos libros de literatura en los que su juventud había hallado un molde casi perfecto. Dentro de un cajón estaban esos libros; y la madrugada que le vio sin monóculo pasó sobre él, como una mano helada que pasa sobre la frente, y Narcés desenterró esos libros y formó con ellos un espejo en el que su vieja alma no tornó a reflejarse.

Llevaba en su cabeza la verdad literaria de dos mil años, axiomas, teorías y purezas gastados en el silabeo secular, y toda esa llanura de blancos corderos y almas rectanguladas era un antiguo paisaje, para cuya existencia de soñador en voz alta tenía que ser forzosamente precario. Sus ideas de pobre viejo tenían la extravagancia de los grandes esfuerzos que nunca pudieron ser útiles, y la desolación de su vida comenzaba a llorar el vacío de los no gozados amores. Y así la regresión a una edad que estaba muy lejos de ser la suya desequilibró su organismo, y Narcés paseó el cansancio de su esterilidad durante noches enteras entre las cuatro paredes de su cuarto, extendiendo la flaca mano suplicante como un mendigo que llegó retrasado a las reglas distribuciones de amor.

Una mañana de invierno fue al pueblo y entró a una tienda-librería-confitería. Aunque las obras literarias llegaban raramente a aquel perdido rincón, en ese día, sin embargo, el escaparate guardaba dos o tres libros nuevos. La extraña carátula de uno de ellos le llamó la atención: sobre un dibujo atormentante, leyó el título: El Triunfo de la Muerte. Y lo compró y lo leyó en una tarde y una noche. Al otro día tuvo fiebre y se metió en cama.

El ya no podía más.

Las bruscas revelaciones de la obra marcaron el derrotero de su pobre alma sin guía, y todo el tranquilo llanto que enjugara con sus manos cayó sobre el libro, sobre sus viejos vestidos que lloraban con él.

Al cabo de tres días se levantó.

Era de noche, y afuera la borrasca clamaba incesantemente. Con sus manos trémulas encendió fuego y pasó dos horas ordenando los carbones encendidos.

Después se levantó, cogió el libro, y besando el nombre del autor, arrojó al fuego aquellas páginas queridas. La llama se hizo poderosa durante un, minuto, fue disminuyendo en pasajeros recrudecimientos, se apagó, se avivó repentinamente, se extinguió del todo.

Narcés abrió la puerta. Los ceibos y timbós, blancos de nieve, estaban a dos pasos. El frío era agudo en ese raro invierno. A lo lejos aullaba el aguará guazú.

Sin sombrero, sin capa, incaracterístico como una sombra que se hizo viviente sólo para caminar, comenzó la marcha hacia el humedal; los lobos de crin sudamericanos aullaban más cerca.

Narcés se internó en la blanca masa de árboles, lentamente. De pronto los aullidos cesaron, y detrás de Narcés brillaron dos puntitos rojos. Y desaparecieron, Narcés caminaba con la cabeza caída. Al rato había cuatro, La figura del viejo iba decreciendo en la distancia. Al rato había ocho. En las tinieblas se oía un seco castañeteo. Al rato había veinte; y los puntos rojos marchaban detrás de Narcés, en un semicírculo que se acercaba poco a poco, cada vez más cerca, más cerca, a la lejana silueta del viejo heroico que, se perdía seguido de la bandada de lobos.

De Narcés nunca se volvió a saber nada. El señor de los dominios, enterado de su desaparición, puso en su lugar a un guardaparques sensato, grueso, bonachón, que nunca tuvo la ocurrencia de ir en una noche de invierno a pasear por el estero.

* adaptación ECOS RIOPLATENSES


Bibliografía

-1899- REVISTA DE SALTO
Quiroga la fundó y dirigió, intentando abrir camino como seminario de Literatura y Ciencias Sociales. Su duración fue corta.

-1901- LOS ARRECIFES DE CORAL
Su primer libro de prosa y verso, con influencia modernista, fue dedicado a Leopoldo Lugones. No tuvo buenas críticas.

-1904- EL CRIMEN DEL OTRO
Libro de cuentos, influido por sus lecturas de Edgar Allan Poe, incluso los personajes de la historia están obsesionados por los libros del escritor norteamericano.

-1905- LOS PERSEGUIDOS
Novela publicada sobre un caso psiquiátrico, la cual tuvo éxito. Afloran influencias de Guy de Maupassant.

-1908- HISTORIA DE UN AMOR TURBIO
Novela autobiográfica.

-1917- CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE
Recopilación de cuentos. Reconocido por la crítica como maestro de la narración breve.

-1918-
CUENTOS DE LA SELVA (Cliqueando podrás ver sus cuentos)
Un clásico de la literatura escrita para niños. El paisaje misionero es escenario de las historias de los animales. Su convivencia, valores, trabajo, cooperación y amor por los demás.

-1920- EL SALVAJE


-1920- LAS SACRIFICADAS
Adaptación teatral de "Una estación de amor". Se estrenó la obra en el teatro Apolo en el año 1921.

-1921- ANACONDA
Colección de cuentos que continúa con las historias ocurridas en Misiones. Tiene influencias de Rudyard Kipling en cuanto a caracteres y ambientes, y de Fedor Dostoievski en los trazos decisivos.

-1924- EL DESIERTO
Colección de cuentos de diverso tipo, la mayoría con finales sorpresivos.

-1925- LA GALLINA DEGOLLADA Y OTROS CUENTOS
Recopilación de cuentos.

-1926- LOS DESTERRADOS
Su libro más homogéneo y decidido, tiene buenas críticas. Trata experiencias del hombre en el monte.

-1929- PASADO AMOR
Novela que relata una relación impedida por familiares, es autobiográfica. No tuvo demasiado éxito.

-1931- SUELO NATAL
Libro de lectura escolar, realizado con la colaboración de Leonardo Glusberg.

-1935- MAS ALLA
Recopilación de textos anteriores



Link Original : Horacio Quiroga - Mision Salesiana : http://www.misionrg.com.ar/quiroga.htm

Horacio Quiroga : Vida y Obra de un Grande

INTRODUCCION:

Qiroga (horacio) nació en Salto Uruguay, en1878. Fue precursor de lo que hoy llamamos literatura de ciencia ficción, con su relato LOS PERSEGUIDOS (1906). Fue inventor, agricultor, escritor, juez de paz, de entre tantas otras cosas. Fue venerado por sus lectores y odiado por sus vecinos. Este trabajo trata de mostrarlo como en realidad era un poco mas a fondo, mostrando tanto sus distintas facetas como sus chifladuras; recordándolo a 60 años de su muerte.

DESARROLLO:

EL AUTOR

Horacio Quiroga el autor de cuentos de Amor, Locura y muerte, había conocido San Ignacio en 1903, como fotógrafo de una expedición fotográfica a las ruinas Jesuíticas, encargada por el Ministerio de Instrucción Publica al escritor Leopoldo Lugones, su maestro. Y en 1906 compro sin mas 185 ha. sobre el río Paraná y levanto un bungalow con sus propias manos. Mientras tanto Lugones le consiguió un puesto de profesor de castellano en el normal 8, en Bs. As. Lo que mas le gustaba de la docencia era la facilidad con que se ganaba el corazón de sus alumnas. Fue justamente una de ellas, Ana María Cirés, su primera esposa. Se casaron en 1910 después de haber vencido al llanto de la familia que se oponía a su casamiento. se fueron a vivir a San Ignacio.

Los lugareños lo tomaban como un labrador, ninguno lo conocía por su verdadera vocación. Pero la selva fue su mayor inspiración. Algunos biógrafos dicen sin embargo, que Quiroga se refugio en ella huyendo de un pasado trágico, que incluía: · La muerte accidental de su padre, prudencio, a quien se le escapo un tiro de escopeta mientras descendía de un bote Quiroga tenia dos meses. · La perdida de dos hermanas Pastora y Prudencia, que murieron de fiebre tifoidea, en el Chaco Argentino. · Su padrastro, Ascético Barcos, sufrió parálisis cerebral y se suicido frente suyo.

Tras seis años de matrimonio, Ana María Cirés agonizo ocho días después de haberse envenenado. Su hija Eglé , nacida en Misiones en 1911, también se quitaría la vida un año después de morir Quiroga. Meses mas tarde, Alfoncina Storni busco en el mar idéntico olvido. Quiroga y ella habían mantenido un intenso romance en 1925, pero por consejo de Benito Quinquela Martínez , Alfoncina se negó a vivir con “ese loco” en San Ignacio. Y Darío Quiroga su segundo hijo, se mataría en 1952. Elena Bravo, la única adolescente, que lo amo sin sortear oposiciones familiares (era 30 años menor que Quiroga y amiga de su hija Eglé ) lo abandono en medio de la selva, después de 6 años de matrimonio llevándose a “ Pitoca “ , la pequeña hija de ambos. En San Ignacio casi todos lo tenían por un ermitaño de pocas pulgas. “Mi bisabuelo, Marcelino Bouix, y Horacio Quiroga se pelearon feisimo (cuenta Jorge “peteco” Bouix). Cuando Quiroga vino a comprarse una tierra mi abuelo lo alojo hasta que el construyo la suya. Bouix criaba burros que se pasaban a su plantación y se comían todo el maíz. Un día Quiroga se enojo les corto la cola y las orejas. Mi abuelo fue a buscarlo y le dio una paliza. quiroga se vengo en el cuento “el techo de incienso” . Los dos eran bravos”.

Dejo en sus cuentos la huella de su propia epopeya misionera . Fabricándole a fuego lento su carbón, fertilizando su meseta pedregosa, destilando vino de naranja, clavando y desarmando cien veces la misma canoa, reparando durante 4 años las goteras del techo de su casa, cavando un pozo de agua, envalsamando aves, confeccionando sus zapatos, conversando con “Anaconda”, la víbora que criaba en su jardín, descubrió que escribir era lo mismo que domar los cuatro elementos: un oficio, no un arrebato de inspiración.

Quiroga solo se sentía a gusto con los trabajadores. Luego de un rato con ellos, Quiroga escribía frases en papelitos que guardaba en una lata de galletitas. Esa era la materia prima de sus futuros cuentos. Por eso su obra registra la transformación económica de misiones: de selva a plantación. Y los protagonistas de esa gesta no son héroes convencionales sino “desterrados” . Horacio Quiroga también tuvo una plantación de yerba mate la “Yabebirí” . Pese al entusiasmo y algunas ventas no hizo ganancias. “Yo soy agricultor no comerciante”, decía.

En 1928 ya con su segunda esposa , vive en una casaquinta de Vicente López que reproducía al ambiente de su bungalow misionero: a falta de maderas armo y despedazo su viejo ford, y criaba un coatí , un oso hormiguero , un carpincho, y un flamenco en su jardín. Quiroga ya no se sentía a gusto en Bs. As. “ya no puedo estar sin Misiones” , gritaba. Sus últimos años , solo cobro 50 pesos por un cargo de cónsul honorario , fruto de la gestión de algunos escritores amigos ante el gobierno Uruguayo. Era cada día mas pobre y ya empezaba a cansarse.

Incitados por Jorge Luis Borges , los nuevos intelectuales lo consideraban antiguo y lo bombardeaban con todo tipo de armas. Cada vez le costaba mas vender sus trabajos. Había escrito 170 cuentos y el doble de artículos periodísticos. Hacia balances: “tengo mi derecho a resistirme a escribir mas. Si en dicha cantidad de paginas no dije lo que quería no es tiempo ya de decirlo” . Le dolía el estomago y en 1936 debió internarse en el hospital de Clínicas. “No veo el día , amigo , de volver a San Ignacio”, le escribió a Isidoro Escalera (casero y amigo de Quiroga , con quien el sostenía correspondencia) . La espera era eterna. Cinco meses después el medico le dijo que tenia cáncer. Quiroga le clavo sus ojos azules sin decir una sola palabra . Salió a dar una vuelta por la ciudad y esa media noche se suicido con cianuro.

LA OBRA

Quiroga si bien se inicio y destaco como poeta modernista (los arrecifes de coral , 1901) sus obras mas importantes fueron los cuentos.

EL CUENTO: Características y evolución.

Definiciones más amplias del genero.

· es un escrito de ficción. · esta compuesto en prosa. · es de extensión breve.

Decálogo de Quiroga sobre los cuentos.

· No escribir sin saber adonde se va. · Las primeras líneas son tan importantes como las ultimas. · Evitar la adjetivación innecesaria. · Usar sustantivos como preferencia. Valoración de la obra de Quiroga.

· Desarrollan dos ideas , una aparece en primer plano y otra que se desarrolla secundariamente hacia el final , se unen las dos de forma repentina causando un efecto inesperado de manera sorpresiva desconcertando al lector. · Las acciones de la obra están concentradas: sus cuentos son breves , en general . El hacia est porque publicaba la mayoría de sus cuentos en revistas y no tenia mucho espacio. También , lo hacia según el para mantener la atención de los lectores. Quiroga dijo sobre eso: “Todo lo que se necesita es sacarlo del desgano habitual , sacudirlo , imprecionarlo , era 1250 palabras.

CONCLUSION:

Trabajos de esta clase ayudan a conocer un poco mas la literatura argentina , y los autores que marcaron una época de nuestro país. A mi parecer fue una segunda experiencia de trabajo de investigación importante , porque un trabajo de esta magnitud requiere una dedicación completa y una entrega total , a lo que uno hace.


Mas Info ...

Horacio Silvestre Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878. Hijo de Juana Forteza y de Prudencio Quiroga, quien murió dos meses después, disparándose accidentalmente con una escopeta. La familia se trasladó a Córdoba, Argentina, pero en 1883 volvió a Salto.
Horacio manifestaba su carácter rebelde en la escuela, prefería las actividades manuales o la ortografía al estudio. Ya en su adolescencia comenzó a interesarse por la literatura.
En 1898 conoció a la muchacha que sería su primer amor y la relación núcleo de "Una estación de amor".
En los viajes que realizaba a Buenos Aires, visitó y conoció al poeta que más admiraba, Leopoldo Lugones, con quien comenzó una gran amistad.
Quiroga fundó la
"Revista de Salto" en 1899 y al año siguiente, partió rumbo a París en un viaje para los jóvenes intelectuales de esa época.
A su regreso a Montevideo, junto con otros escritores amigos, formaron un grupo "El Consistrorio del Gay Saber", donde leían a los poetas malditos.

Horacio Quiroga, Alfonsina Storni y amigos



En 1901 publicó su primer libro,
"Los arrecifes de coral".
En 1902, mientras examinaba el arma de Federico Ferrando, Quiroga mató accidentalmente a su amigo. Luego de un interrogatorio y unos días de cárcel, se fue a vivir a la casa de su hermana en Buenos Aires, donde consiguó un puesto de profesor de castellano y adoptó la ciudadanía argentina.
Con Lugones realizó un viaje de estudios a las ruinas jesuitas de San Ignacio, Misiones; allí comenzó a interesarse por la selva.
En 1904, apareció
"El crimen del otro". También se dedicó a la cosecha de algodón en Chaco, pero fracasó y regresó a Buenos Aires. Tiempo después publicó "Los perseguidos" e "Historia de un amor turbio".
Fue a Misiones de vacaciones y decidió quedarse allí, se había enamorado de una alumna, Ana María Cirés, y pese a la oposción de sus padres, finalmente se casaron en 1909 y tuvieron dos hijos, Eglé, que nació en 1911 y Dario, en 1912.
Quiroga fue designado juez de paz y oficial del registro civil de San Ignacio.
En 1915, su esposa se suicidó y al poco tiempo, él se trasladó a Buenos Aires con sus hijos, donde consiguió un nombramiento del Consulado de Uruguay, en el año 1917. En ese año publicó
"Cuentos de amor de locura y de muerte". Un año más tarde apareció "
Cuentos de la selva"; en 1920, dos publicaciones más, "El salvaje" y "Las sacrificadas". "Anaconda" apareció en 1921, y "El desierto", en 1924.
Por esa época se formó un grupo llamado Anaconda, presidido por Quiroga, que organizaban comidas literarias. Lo integraban entre otros Emilio Centurión,
Alfonsina Storni - quien fue gran amiga de Horacio -, Emilia Bertolé y Arturo Capdevila.
Quiroga publicó en diferentes medios: "Caras y Caretas", "Fray Mocho", "La novela semanal", "Plus Ultra", "El hogar" y "La Nación".
En 1925 publicó
"La gallina degollada y otros cuentos", al  año siguiente, "Los desterrados". En "La Razón" fue mencionado entre los mejores escritores del momento.
Quiroga contrajo segundas nupcias en 1927 con María Helena Bravo, una joven amiga de su hija Eglé. Al año siguiente nació su otra niña, Pitoca.
En 1929 apareció la novela
"Pasado amor", sin mucho éxito. Quiroga comenzó a sentir la indiferencia hacia sus escritos por parte de las jóvenes generaciones literarias, que preferían el "
Martín Fierro".
Escribió con Leonardo Glusberg en 1931,
"Suelo natal".
Su situación económica no era buena y lo llevó a regresar con toda su familia a Misiones. A raíz de un golpe militar en Uruguay se quedó sin su puesto en el Consulado, y se dedicó a la floricultura. En 1935 publicó
"Más allá", su último libro de cuentos. Su mujer y su hijita regresaron a Buenos Aires, él quedó solo en Misiones. Por problemas de salud, tuvo que internarse Buenos Aires. Su situación empeoró al enterarse de que padecía cáncer gástrico. Y el 19 de febrero se suicidó con cianuro.
Desde un principio Quiroga estuvo rodeado de muertes. Quizá por eso sea que en sus cuentos resalta sensiblemente su inclinación a la muerte.