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Biografía
HORACIO QUIROGA
Su
Biografía
Inició su
carrera literaria con un libro de poesía, Los
arrecifes de coral (1901), antes de trasladarse a
Argentina, donde transcurrió el resto de su
vida.
La selva misionera
tuvo una relación directa con la vida del autor
que vivió largos períodos de su existencia en
Iviraromí, cerca de las ruinas jesuíticas. El
saber sobre un territorio, saber por experiencia,
de una zona de frontera a la que sus lectores de
la ciudad no tenían acceso, fue en su tiempo una
marca de estilo del escritor. Hoy puede pensarse
más bien como una obsesión, como necesidad,
como invento. Quiroga, un dandy refinado a los
veinte, devino a través de los años tragedias y
desengaños, un escritor excéntrico, seductor y
con pretensiones de náufrago.
Esta síntesis de su
vida y de su estilo, incluye el descubrimiento de
la selva en una expedición fotográfica a las
ruinas de San Ignacio, con Leopoldo Lugones, en
1901, y su posterior elección como lugar desde
el cual escribir. Los factores que influyeron en
su obra, sus esposas, sus hijos, la relación con
San Ignacio, la muerte de su padre y de su
padrastro, y cómo todos estos hechos crearon en
él una gran obsesión.
Su vida
Horacio
Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31 de
diciembre de 1879, y murió en Buenos Aires el 19
de febrero de 1937. Recibió su educación en el
Instituto Politécnico de su ciudad natal. En
1898 conoció a Leopoldo Lugones en Buenos Aires,
quien había de ejercer importante influencia
sobre él. En 1900 fue uno de los promotores de
un movimiento literario en Montevideo que
recibió el nombre de "Consistorio del Gay
Saber".
También fueron una
gran influencia para él, el italiano D´Annunzio
y el norteamericano Edgar Allan Poe. Inició sus
actividades de escritor con un libro de versos,
Los arrecifes de coral, en 1901, se trasladó
seguidamente de manera definitiva a la Argentina,
donde transcurrió el resto de su vida. Vivió
largo tiempo en el territorio de Misiones,
inspirándole su exuberante naturaleza no poca
parte de su obra.
Era el hijo del
caudillo Facundo Quiroga, tuvo una vida llena de
trágicos episodios, los cuales influyeron mucho
en su forma de escritura y la permanente
aparición de la muerte en sus cuentos. La muerte
accidental de su padre, a quien se le escapó un
tiro de escopeta mientras descendía de un bote,
la cual transcurre cuando Quiroga tenía sólo 2
meses; la pérdida de dos hermanas, Pastora y
Prudencia, que murieron de fiebre tifoidea en el
Chaco argentino; el suicidio de su padrastro,
Ascencio Barcos, delante de él luego de sufrir
una terrible parálisis cerebral.
Más tarde, tras
seis años de matrimonio, Ana María Cirés (su
primera esposa, con la cual se casa en el año
1910, luego de haber vencido la dura oposición
de la familia Cirés) agoniza ocho días después
de haberse envenenado. También su hija Eglé,
nacida en Misiones, en el año 1911, se quitaría
la vida un año después de su muerte (1937).Y
Darío Quiroga, su hijo, se mataría en 1952.
María Elena Bravo, su segunda esposa y la única
adolescente que lo amó si sortear oposiciones
familiares (era 30 años menor que el escritor, y
amiga de su hija Eglé), lo abandonó en medio de
su selva, después de seis años de matrimonio,
llevándose a "Pitoca" la pequeña hija
de ambos.
En 1936 debió
internarse en el Hospital de Clínicas por un
dolor en el estómago. "No veo el día,
amigo, de volver a San Ignacio" le escribió
a Isidoro Escalera. La espera era eterna. Cinco
meses después un médico le dijo que tenía
cáncer. Quiroga no dijo ni una palabra. Salió a
dar una vuelta por la ciudad y esa misma
medianoche se suicidó con cianuro.
Obras más
importantes
Su primer libro fue
una selección de poemas que se llamó "Los
arrecifes de coral" y fue publicado en 1901.
En 1904 aparece "El crimen del otro" y
en 1908 presenta su primera novela "Historia
de un amor turbio". Años más tarde la
segunda "Pasado amor". Se publican los
"Cuentos de Amor, de Locura y de
Muerte" en 1916, escritos entre 1910 y 1916
en Misiones, "El Salvaje" en 1920,
"Cuentos de la Selva" en 1921,
"Anaconda" en 1923, "Los
Desterrados" en 1926, "El
Desierto" en 1924 y "Más Allá"
en 1934 siendo ésta su última obra.
Misiones
Quiroga conoció San
Ignacio en 1903, como fotógrafo de una
expedición a las ruinas jesuíticas, encargada
por el Ministerio de Instrucción Pública al
escritos Leopoldo Lugones, su maestro. Quiroga
pisó la selva vestido de blanco, y alterado por
el asma y la dispepsia tenaz. Su conducta fue
exasperante: en Posadas se negó a subirse a una
mula y exigió un caballo; como los
expedicionarios marchaban a paso lento, él se
adelantaba o se demoraba y todos debían
detenerse a esperarlo durante horas. Pero
Misiones fue un bálsamo: la dispepsia y el asma
desaparecieron. "Aquí el invierno me trae
olor a azahar y melón silvestre de
Misiones" escribió en Buenos Aires.
Y en 1906 compró
sin más 185 hectáreas sobre el río Paraná y
levantó un bungalow de madera con sus propias
manos.
"En los
alrededores y dentro de las ruinas de San
Ignacio, la subcapital del Imperio Jesuítico, se
levanta en Misiones el pueblo actual del mismo
nombre. Constitúyelo una serie de ranchos
ocultos unos de los otros por el bosque. Hay en
la colonia almacenes, muchos más de los que se
pueden desear, al punto de que no es posible ver
abierto un camino vecinal sin que en el acto de
un alemán, un español o un sirio se instale en
el cruce con un boliche. En el espacio de dos
manzanas están ubicadas todas las oficinas
públicas: Comisaría, Juzgado de la Paz,
Comisión Municipal, y una escuela mixta. Como
nota de color, existe en las mismas rutinas -
invadidas por el bosque - un bar, creado en los
días de fiebre de la yerba mate, cuando los
capataces que descendían del Alto Paraná hasta
Posadas bajan ansiosos en San Ignacio a parpadear
de ternura ante una botella de whisky."
El techo de
incienso
La selva fue su
mayor inspiración, y su refugio al huir de un
pasado trágico.
Gracias a Horacio
Quiroga, San Ignacio, un pueblo de tan sólo
cuatro mil habitantes, ingresó a la historia del
país, porque ni las famosas ruinas jesuíticas
le dieron tanto renombre como este escritor con
aire de chiflado que andaba en bermudas, jugaba
picadas por el Paraná domando un motor fuera de
borda, y rompía irrespetuosamente la siesta del
pueblo con dos máquinas feroces: un Ford T negro
y una Harley Davidson del veinticinco.
Un 19 de febrero de
1937, los misioneros al leer el diario, no
pudieron creerlo, el juez de paz de San Ignacio;
el destilador de naranjas; el carbonero y
picapedrero; el productor de yerba; el fabricante
de dulce de maní, maíz quebrado, mosaicos de
bleck y arena ferruginosa; el inventor de un
exótico aparato para matar hormigas; el hombre
que obtuvo resina de incienso y tintura del
lapacho, ese mismo era poeta. Y uruguayo.
Trabajó la tierra e
impuso en un medio salvaje, la ley urbana de la
producción. Y todo lo hizo con sus manos y
recuperó su pasión juvenil por la química, la
misma que de madrugada despertaba a su familia
con incendios y explosiones. Y el viejo anhelo de
la mecánica, el ciclismo y su oculta vocación
por la marina hallaron libre curso en su recoveco
salvaje.
"Misiones,
colocada a la vera de un pueblo que comienza
allí y termina en Amazonas, guarece a una serie
de tipos a los que podría lógicamente imputarse
cualquier cosa menos ser aburridos. La vida, más
desprovista de interés al norte de Posadas,
encierra dos o tres pequeñas epopeyas de trabajo
o carácter, sino de sangre."
Y él mismo al
describir a esos pintorescos seres de frontera,
dejó en sus cuentos la huella de su propia
epopeya misionera. Fabricando a fuego lento su
carbón, fertilizando su meseta pedregosa
destilando vino de naranja, clavando y desarmando
cien veces la misma canoa, reparando durante
cuatro años las goteras del techo de su casa,
embalsamando aves, confeccionando sus zapatos,
conversando con Anaconda, la víbora que criaba
en su jardín, descubrió que escribir era lo
mismo que domar los cuatro elementos: un oficio,
no un rapto de inspiración.
Y este aprendizaje
fue un hito de la historia de la literatura
Argentina. Hasta ese momento, como un escritor no
hacía un trabajo rentable. Al publicar obras sin
costearlas de su bolsillo y escribir artículos
remunerados en "Fray Mocho",
"Caras y Caretas", "La
Nación", "El Hogar" y otros
medios periodísticos, se trasformó en un
escritor accesible y popular. Sin embargo,
Quiroga era popular para todos sus
contemporáneos excepto para sus vecinos.
Sólo se sentía a
gusto con los trabajadores. Luego de un rato con
ellos, Quiroga apuntaba frases en papelitos que
guardaba en una lata de galletitas. Esa era la
materia prima de sus futuros cuentos. Por eso, su
obra registra la transformación económica de
Misiones: de la selva a la plantación. Y los
protagonistas de esa gesta no son héroes
convencionales sino "desterrados".
Jangaderos, cantereros, gente de vida dura.
Describiendo sus días, Quiroga escribió su
autobiografía.
"Iniciábase en
aquellos días el movimiento obrero, en una
región que no conserva del pasado jesuítico
sino dos dogmas: la esclavitud del trabajo, para
el nativo, y la inviolabilidad del patrón."
Así describió esos
tiempos, época en que se juntaba a los mensú,
(trabajadores mensuales) en camiones que los
trasladaban para ser explotados en obrajes y
yerbales. Algunos nunca regresaban, los
cadáveres de otros aparecían flotando en el
Paraná. Quiroga mismo los vio, devolviendo al
río en agua de sus pulmones. Todos los mensú
adormecían sus resentimientos y amarguras con
caña, y los pocos que volvían cada tanto al
pueblo gastaban el resto del sueldo en las casas
de juego y los prostíbulos del puerto. Cerca de
la charca de Quiroga, en la Unión Obrera y
Campesina, allá por el año quince se gestaba la
anarquía y la rebelión.
Horacio Quiroga
también tuvo una plantación de yerba mate, La
Yabebirí. Pese al entusiasmo y algunas ventas,
no hizo ganancias. "Yo soy agricultor, no
comerciante.", decía.
En los cuentos
"Una bofetada" y "Los
mensú", Quiroga describió otro oficio en
extinción: la janjada.
La obsesión Quiroga
sobrepasó San Ignacio. En 1928, ya con segunda
esposa, vive en una casa quinta de Vicente López
que reproducía el ambiente de su bungalow
misionero: a falta de maderas, armó y desarmó
su viejo Ford, y criaba un coatí, un oso
hormiguero, un carpincho y un flamenco en el
jardín. Sostenía correspondencia con Isidoro
Escalera, el socio de algunas aventuras
misioneras, y su casero. Intentaba vender yerba
en Buenos Aires y naranjas en Garupá. Y lo
desvelaban las hormigas que acechaban entre sus
plantas. "Ya no puedo estar más sin
Misiones", bramaba.
Con respecto a la
fermentación de vino de naranjas, en 1930,
Quiroga ya se había dado cuenta que no sería un
buen negocio. Pero Quiroga no se dio por vencido.
Especuló con vender las naranjas de su
plantación a 40 pesos el millar. Soñó y soñó
todo el tiempo, porque sus productos nunca le
dieron demasiado dinero. Sus ingresos provenían
mayormente de la literatura: "Valdría la
pena exponer un día esta peculiaridad mía de no
escribir sino incitado la economía."
Sus últimos años,
sólo cobró 50 pesos por un cargo de cónsul
honorario, fruto de la gestión de algunos
escritores amigos ante el gobierno uruguayo. Era
cada día más pobre y empezaba a cansarse.
Incitado por Jorge Luis Borges, los nuevos
intelectuales lo consideraban antiguo y lo
bombardeaban con todo tipo de artillería. Cada
vez le costaba más vender sus trabajos. Había
escrito 170 de cuentos y el doble de artículos
periodísticos.
Hacía balances:
"Tengo mi derecho a resistirme a escribir
más. Si en dicha cantidad de páginas no dije lo
que quería no es tiempo ya de decirlo"
Decálogo del
perfecto cuentista
I : Cree en un
maestro Poe, Maupassant, Kipling,
Chejov como en Dios mismo.
II : Cree que su
arte es una cima inaccesible. No sueñes en
domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás
sin saberlo tú mismo.
III : Resiste cuanto
puedas a la imitación, pero imita si el influjo
es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa,
el desarrollo de la personalidad es una larga
paciencia.
IV : Ten fe ciega no
en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor
con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia,
dándole todo tu corazón.
V : No empieces a
escribir sin saber desde la primera palabra
adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres
primeras líneas tienen casi la importancia de
las tres últimas.
VI : Si quieres
expresar con exactitud esta circunstancia:
"Desde el río soplaba el viento
frío", no hay en lengua humana más
palabras que las apuntadas para expresarla. Una
vez dueño de tus palabras, no te preocupes de
observar si son entre sí consonantes o
asonantes.
VII : No adjetives
sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de
color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas
el que es preciso, él solo tendrá un color
incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII : Toma a tus
personajes de la mano y llévalos firmemente
hasta el final, sin ver otra cosa que el camino
que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo
que ellos pueden o no les importa ver. No abuses
del lector. Un cuento es una novela depurada de
ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque
no lo sea.
IX : No escribas
bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y
evócala luego. Si eres capaz entonces de
revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la
mitad del camino.
X : No pienses en
tus amigos al escribir, ni en la impresión que
hará tu historia. Cuenta como si tu relato no
tuviera interés más que para el pequeño
ambiente de tus personajes, de los que pudiste
haber sido uno. No de otro modo se obtiene la
vida del cuento.
Conclusión
La trágica vida de
Horacio Quiroga, llena de suicidios y muertes,
llegó a obsesionarlo de tal manera que logró
que todos sus cuentos y novelas tuvieran un
contenido macabro y morboso. Su estadía en
Misiones hace que todo este contenido se base en
características de animales y su contacto con la
muerte.
Podemos apreciar
también en sus obras, como el contacto con la
naturaleza, con los animales de la selva
misionera y con la vida primitiva dejan grandes
huellas en su estilo de escritura.
Link Original : Quiroga, Horacio : http://www.profesorenlinea.cl/biografias/quirogahoracio.htm
| Quiroga,
Horacio |
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Horacio Quiroga nació en Salto,
Uruguay, el 31 de diciembre de 1879. Sus
primeros veinticinco años los vivió en
su patria de origen. Muy joven, se inicia
en la literatura, colaborando en revistas
de Salto. Escribe poemas y artículos
firmados con diferentes seudónimos. En
1899, funda la Revista del SaltoLe
correspondió vivir en una época de
grandes y constantes cambios sociales y
políticos, anteriores al establecimiento
de la democracia en su país. En lo
literario, predominaban corrientes
decadentistas y modernistas.
Ya en Montevideo, Quiroga participó
de la bohemia de 1900. Por esos años
presidió el "Consistorio del Gay
Saber" y en 1901 publicó su primer
libro: Los arrecifes de coral. Después
de un viaje no muy exitoso a París, en
1900 regresa a América, estableciéndose
en Buenos Aires. Argentina será, desde
entonces, su segunda patria.
Lee con entusiasmo a Dumas, Scott, Dickens,
Balzac, Zola, Maupassant, los Goncourt,
Heine, Bécquer,
Hugo, etc.
Pero la lectura de Edgard Allan Poe
ejerce sobre él un impacto notable.
Estudia la técnica cuentística del
norteamericano, maestro indiscutido de
este género literario. En parte, de ese
autor deriva su predilección por temas
terroríficos y fantásticos, como
también un tono marcadamente pesimista.
De sus ensayos y reflexiones, Quiroga
elabora su "Decálogo del perfecto
cuentista", en el que resume su
propia experiencia y la teoría de la
composición de Poe.
Aunque en sus comienzos Quiroga acusa
un predominio de amaneramientos
modernistas, con un abundante uso de
galicismos, a medida que va adquiriendo
experiencia y oficio evoluciona hacia un
estilo propio. Se aparta de temas y
formas del modernismo y fija su atención
en lo americano, aunque dándole una
proyección universal. Anuncia, con
bastante anticipación, lo que años
después será llamado el
"mundonovismo"
hispanoamericano. También el criollismo
lo cuenta entre sus antecedentes.
Quiroga es uno de los primeros
escritores que descubren la naturaleza
americana como materia narrativa de sus
obras. Es, también, uno de los primeros
en cultivar nuevas formas del relato
fantástico. Modalidad iniciada
débilmente por los escritores argentinos
en el siglo diecinueve.
Su colaboración en la revista Caras
y Caretas lo obliga a una cuidadosa
elaboración de los cuentos. En aras de
la brevedad, deben estar despojados de
todo elemento inconsistente, para
concentrarse en lo verdaderamente
esencial y funcional.
En 1902, ejerce como profesor de
castellano en el Colegio Británico de
Buenos Aires. Desde allí, parte hacia la
región de Misiones, como fotógrafo de
una expedición dirigida por Lugones.
Esta experiencia en la selva lo marca
profundamente. En 1904 viaja al Chaco
como plantador de algodón. Sufre un
rotundo fracaso.
Vuelto a Buenos Aires, consigue una
cátedra de castellano y literatura en la
Escuela Normal Nº 8. Allí se enamora de
una alumna, con la que se casa en 1909.
No contento con la primera experiencia
empresarial fallida, compra un campo en
San Ignacio, en Misiones, hacia donde se
traslada con su esposa. Su ilusión es
prosperar como cultivador de yerba mate.
Allí nacerán su hija Eglé y su hijo
Darío.
En San Ignacio, es nombrado juez de
paz y oficial del Registro Civil. Alterna
sus menesteres burocráticos y
empresariales, sin dejar de lado sus
afanes literarios. Sus lecturas se
diversifican. Incluye autores como los
rusos Gorki, Turguenev y Dostoiewski;
también figuran obras de Kipling,
Anatole France y Flaubert entre sus
preferencias.
La vida en el territorio de Misiones
le ofrece experiencias variadas. Aunque
sus empresas comerciales fracasan, en
cambio, el contacto con la naturaleza
bárbara ha sido fascinante. La selva le
proporciona abundantes historias,
personajes interesantes y anécdotas que
incorporará a sus relatos. Pero no todo
allí es idílico: las condiciones
malsanas y el trabajo esclavizante
conducen a la desesperación o al
aniquilamiento moral y físico.
Estas experiencias irán tomando forma
literaria y, sucesivamente, se
condensarán en libros como Cuentos de
amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos
de la selva (1918), El salvaje (1920).
Anaconda (1921), El desierto (1924),
La gallina degollada y otros cuentos (1925),
Los desterrados (1926), El regreso
de Anaconda (1926) y Más allá (1935).
En 1914, cambia de giro comercial
hacia la fabricación de carbón y la
producción de vino de naranjas, labores
que no mejoran su situación económica.
Además, intentó otras muchas
actividades: fabricaba cerámicas, tejía
redes, construía sus propios muebles;
elaboraba exquisitos dulces, fabricaba
carteras y cinturones con cueros de
víboras y ensayó muchos otros
productos. Pero los resultados fueron
siempre adversos.
En el aspecto personal, la vida de
Quiroga se vio marcada por la tragedia.
De aquí deriva la principal vertiente
pesimista y la angustia que trasuntan sus
mejores cuentos, muchos de los cuales
están inspirados en el tema de la
muerte. En la ficción, son los elementos
violentos y la inestabilidad sicológica,
tan frecuentes, los que confieren
autenticidad humana a los relatos.
Pero muchos de esos sufrimientos han
sido reales en la vida del autor: cuando
Horacio tenía sólo tres meses de edad,
su padre murió en un accidente de caza.
Cuando contaba diecisiete años es el
primero en enfrentarse con el cadáver de
su padrastro, Ascencio Barcos, que se
suicida en septiembre de 1896. Cuando
estaba ya en Buenos Aires da muerte,
accidentalmente, a su mejor amigo,
Federico Ferrando, mientras le enseñaba
a manejar una pistola. A fines de 1915,
su esposa Ana María, incapaz de soportar
la dura vida de la selva ni el carácter
inestable del marido, enloquece y se
suicida, envenenándose.
Vuelto a Buenos Aires, vive como
ciudadano uruguayo. Entre los años 1917
y 1920, Quiroga desempeña labores
consulares, hasta ascender al Consulado
General de su país.
En 1920 publica su única obra
teatral, Las sacrificadas, inspirada
en el cuento Una estación de amor. La
pieza se representa sin mucho éxito,
lo que no sorprende al autor. Ya se ha
convencido de que sus logros artísticos
más significativos los alcanzará con
los cuentos.
La mejor época de Quiroga, como
escritor, se extiende entre los años
1917 a 1926. Ha estado un corto tiempo en
Misiones, pero regresa a Buenos Aires. Se
vuelve a casar en 1927, esta vez con una
joven de veinte años, María Elena
Bravo, compañera de su hija Eglé. Al
año siguiente, 1928, nace su tercera
hija, Pitoca.
Viaja a Misiones con su familia.
Consigue trasladar su consulado a San
Ignacio para establecerse en la región
en forma permanente. Pero pronto queda
cesante, a raíz de un golpe de Estado y
el consiguiente cambio de gobierno en
Uruguay.
Comienza, para él, una acelerada
decadencia. A las dificultades
económicas se suman problemas
matrimoniales y de salud. Su situación
es tan precaria, que sus amigos se
encargan de publicarle su último libro
de cuentos, Más allá, en 1935.
Con él obtiene un premio del Ministerio
de Instrucción Pública de Uruguay.
Poco después, en 1936, debe volver a
Buenos Aires, gravemente enfermo. Es
operado, no se recupera y descubre el
diagnóstico de cáncer que le han
ocultado. Después de haber estado en
casa de su hija Eglé, regresa al
hospital. Esa noche se suicida con
cianuro, al amanecer del 19 de febrero de
1937. Sus cenizas fueron llevadas a
Uruguay.
SU OBRA LITERARIA
La cantidad de obras de Quiroga es
numerosa, y cada cierto tiempo algunas de
ellas se agotan.
Casi al final de su vida, el propio
autor, en carta a un amigo, dice:
"Al recorrer mi archivo literario, a
propósito de Más allá, anoté
ciento ocho historias editadas y sesenta
y dos que quedaron rezagadas. La suma de
ciento setenta cuentos, lo que es una
enormidad para un hombre solo. Incluya
usted algo como el doble de artículos
más o menos literarios y convendrá en
que tengo mi derecho a resistirme a
escribir más. Si en dicha cantidad de
páginas no dije lo que quería, no es
tiempo ya de decirlo."
Escribió, también, dos novelas. La
primera, en 1908, Historia de un amor
turbio. Algunos años después edita Pasado
amor, cuyo tema tiene elementos
autobiográficos, al igual que muchos de
sus cuentos.
Años más tarde, un escritor de tanta
relevancia como Julio Cortázar
reconocerá la maestría de Quiroga en la
composición de sus cuentos. Cortázar lo
llama "el hermano' Quiroga",
cuando comenta el "Decálogo del
perfecto cuentista", en el ensayo, Del
cuento breve y sus alrededores, de
1968.
SOBRE "CUENTOS DE LA
SELVA"
El núcleo de los Cuentos de
la selva se origina en los relatos
que Quiroga inventaba para entretener a
sus pequeños, en Misiones. Por eso los
llama "cuentos de mis hijos",
al publicarlos en revistas. En 1918 los
recoge en un libro que titula Cuentos
de la selva para niños. Es un
conjunto de ocho relatos breves, escritos
en prosa sencilla y clara. Sus notas
emotivas e imaginativas despiertan el
interés juvenil.
Los acontecimientos son protagonizados
por animales de la fauna norteña
argentina. El ambiente físico está
subentendido, más bien insinuado que
descrito. El acento de la narración
está puesto sobre la convivencia del
hombre con esos animales, en un
entendimiento que se asemeja al de las
fábulas. Esto se nota, tanto en la
personificación de fieras y aves como en
la presencia de un contexto moralizante.
Se aconseja el respeto a la vida y a las
condiciones naturales de la selva; se
muestran virtudes como la lealtad, la
gratitud, la fuerza de voluntad y la
abnegación; al mismo tiempo, se fustigan
la vanidad, el orgullo y la indolencia.
No obstante, en algunos de estos
relatos se dan situaciones violentas,
ocasionadas por sentimientos negativos de
crueldad y venganza.
La lectura de las obras de Horacio
Quiroga es siempre atractiva. Nos
enfrentamos a unos cuentos que parecen
relatados por un personaje más,
participante de la acción misma. Al
haber desaparecido las insistentes
palabras del narrador omnisciente, se
logra esa naturalidad y una gran
comprensión de las motivaciones y
sentimientos de los personajes. Esta
cualidad, unida a la concisión del
lenguaje, al dinamismo de su estilo y a
la tensión expresiva del relato, dan a
sus obras su sello de contemporaneidad.
Con justa razón se le ha considerado
como un precursor del cuento
hispanoamericano.
|
Cuentos
de la Selva de Horacio Quiroga
Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca-
Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/
Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca-
Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/tortuga.htm
La
Tortuga Gigante
Había una vez
un hombre que vivía en Buenos Aires y
estaba muy contento porque era un hombre
sano y trabajador. Pero un día se
enfermó, y los médicos le dijeron que
solamente yéndose al campo podría
curarse. El no quería ir porque tenía
hermanos chicos a quienes daba de comer;
y se enfermaba cada día más. Hasta que
un amigo suyo, que era director del
Zoológico, le dijo un día:
-Usted es amigo mío, y es un hombre
bueno y trabajador. Por eso quiero que se
vaya a vivir al monte, a hacer mucho
ejercicio al aire libre para curarse. Y
como usted tiene mucha puntería con la
escopeta, cace bichos del monte para
traerme los cueros, y yo le daré plata
adelantada para que sus hermanitos puedan
comer bien.
El hombre enfermo aceptó, y se fue a
vivir al monte, lejos, más lejos que
Misiones todavía. Hacía allá mucho
calor, y eso le hacía bien. Vivía solo
en el bosque, y él mismo se cocinaba.
Comía pájaros y bichos del monte, que
cazaba con la escopeta, y después comía
frutas. Dormía bajo los árboles, y
cuando hacía mal tiempo construía en
cinco minutos una ramadal con hojas de
palmera, y allí pasaba sentado y
fumando, muy contento en medio del bosque
que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de
los animales, y los llevaba al hombro.
Había también agarrado, vivas, muchas
víboras venenosas, y las llevaba dentro
de un gran mate, porque allá hay mates
tan grandes como una lata de querosene.
El hombre tenía otra vez buen color,
estaba fuerte y tenía apetito.
Precisamente un día en que tenía mucha
hambre, porque hacía dos días que no
cazaba nada, vio a la orilla de una gran
laguna un tigre enorme que quería comer
una tortuga, y la ponía parada de canto
para meter dentro una pata y sacar la
carne con las uñas. Al ver al hombre el
tigre lanzó un rugido espantoso y se
lanzó de un salto sobre él. Pero el
cazador que tenía una gran puntería le
apuntó entre los dos ojos, y le rompió
la cabeza. Después le sacó el cuero,
tan grande que él solo podría servir de
alfombra para un cuarto.
-Ahora-se dijo el hombre-voy a comer
tortuga, que es una carne muy rica. Pero
cuando se acercó a la tortuga, vio que
estaba ya herida, y tenía la cabeza casi
separada del cuello, y la cabeza colgaba
casi de dos o tres hilos de carne. A
pesar del hambre que sentía, el hombre
tuvo lástima de la pobre tortuga, y la
llevó arrastrando con una soga hasta su
ramada y le vendó la cabeza con tiras de
género que sacó de su camisa, porque no
tenía más que una sola camisa, y no
tenía trapos. La había llevado
arrastrando porque la tortuga era
inmensa, tan alta como una silla, y
pesaba como un hombre. La tortuga quedó
arrimada a un rincón, y allí pasó
días y días sin moverse.
El hombre la curaba todos los días, y
después le daba golpecitos con la mano
sobre el lomo. La tortuga sanó por fin.
Pero entonces fue el hombre quien se
enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el
cuerpo. Después no pudo levantarse más.
La fiebre aumentaba siempre, y la
garganta le quemaba de tanta sed. El
hombre comprendió que estaba gravemente
enfermo, y habló en voz alta, aunque
estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
-Voy a morir-dijo el hombre-. Estoy solo,
ya no puedo levantarme más, y no tengo
quién me dé agua, siquiera. Voy a morir
aquí de hambre y de sed. Y al poco rato
la fiebre subió más aun, y perdió el
conocimiento. Pero la tortuga lo había
oído y entendió lo que el cazador
decía. Y ella pensó entonces:
-El hombre no me comió la otra vez,
aunque tenía mucha hambre, y me curó.
Yo lo voy a curar a él ahora. Fue
entonces a la laguna, buscó una cáscara
de tortuga chiquita, y después de
limpiarla bien con arena y ceniza la
llenó de agua y le dio de beber al
hombre, que estaba tendido sobre su manta
y se moría de sed. Se puso a buscar en
seguida raíces ricas y yuyitos tiernos,
que le llevó al hombre para que comiera,
El hombre comía sin darse cuenta de
quién le daba la comida, porque tenía
delirio con la fiebre y no conocía a
nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría
el monte buscando raíces cada vez más
ricas para darle al hombre y sentía no
poder subirse a los árboles para
llevarle frutas. El cazador comió así
días y días sin saber quién le daba la
comida, y un día recobró el
conocimiento, Miró a todos lados, y vio
que estaba solo pues allí no había más
que él y la tortuga; que era un animal.
Y dijo otra vez en voz alta: -Estoy solo
en el bosque, la fiebre va a volver de
nuevo, y voy a morir aquí, porque
solamente en Buenos Aires hay remedios
para curarme. Pero nunca podré ir, y voy
a morir aquí. Y como él lo había
dicho, la fiebre volvió esa tarde, más
fuerte que antes, y perdió de nuevo el
conocimiento.
Pero también esta vez la tortuga lo
había oído, y se dijo: -Si queda aquí
en el monte se va a morir, porque no hay
remedios, y tengo que llevarlo a Buenos
Aires. Dicho esto, cortó enredaderas
finas y fuertes, que son como piolas,
acostó con mucho cuidado al hombre
encima de su lomo, y lo sujetó bien con
las enredaderas para que no se cayese.
Hizo muchas pruebas para acomodar bien la
escopeta, los cueros y el mate con
víboras, y al fin consiguió lo que
quería, sin molestar al cazador, y
emprendió entonces el viaje. La tortuga,
cargada así, caminó, caminó y caminó
de día y de noche. Atravesó montes,
campos, cruzó a nado ríos de una legua
de ancho, y atravesó pantanos en que
quedaba casi enterrada, siempre con el
hombre moribundo encima.
Después de ocho o diez horas de caminar
se detenía y deshacía los nudos y
acostaba al hombre con mucho cuidado en
un lugar donde hubiera pasto bien seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces
tiernas, y le daba al hombre enfermo.
Ella comía también, aunque estaba tan
cansada que prefería dormir. A veces
tenía que caminar al sol; y como era
verano, el cazador tenía tanta fiebre
que deliraba y se moría de sed. Gritaba:
¡agua!, ¡agua! a cada rato. Y cada vez
la tortuga tenía que darle de beber.
Así anduvo días y días, semana tras
semana.
Cada vez estaban más cerca de Buenos
Aires, pero también cada día la tortuga
se iba debilitando, cada día tenía
menos fuerza, aunque ella no se quejaba.
A veces quedaba tendida, completamente
sin fuerzas, y el hombre recobraba a
medias el conocimiento. Y decía, en voz
alta: -Voy a morir, estoy cada vez más
enfermo, y sólo en Buenos Aires me
podría curar. Pero voy a morir aquí,
solo en el monte. El creía que estaba
siempre en la ramada, porque no se daba
cuenta de nada. La tortuga se levantaba
entonces, y emprendía de nuevo el
camino. Pero llegó un día, un
atardecer, en que la pobre tortuga no
pudo más. Había llegado al límite de
sus fuerzas, y no podía más. No había
comido desde hacía una semana para
llegar más pronto.
No tenía más fuerza para nada. Cuando
cayó del todo la noche, vio una luz
lejana en el horizonte, un resplandor que
iluminaba todo el cielo, y no supo qué
era. Se sentía cada vez más débil, y
cerró entonces los ojos para morir junto
con el cazador, pensando con tristeza que
no había podido salvar al hombre que
había sido bueno con ella. Y, sin
embargo, estaba ya en Buenos Aires, y
ella no lo sabía. Aquella luz que veía
en el cielo era el resplandor de la
ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al
fin de su heroico viaje. Pero un ratón
de la ciudad-posiblemente el ratoncito
Pérez-encontró a los dos viajeros
moribundos. -¡Qué tortuga!-dijo el
ratón-. Nunca he visto una tortuga tan
grande. ¿Y eso que llevas en el lomo,
que es? ¿Es leña? -No-le respondió con
tristeza la tortuga-. Es un hombre. -¿Y
dónde vas con ese hombre?-añadió el
curioso ratón. -Voy... voy... Quería ir
a Buenos Aires-respondió la pobre
tortuga en una voz tan baja que apenas se
oía-. Pero vamos a morir aquí porque
nunca llegaré...
-¡Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el
ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más
zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos
Aires! Esa luz que ves allá es Buenos
Aires. Al oir esto, la tortuga se sintió
con una fuerza inmensa porque aôn tenía
tiempo de salvar al cazador, y emprendió
la marcha. Y cuando era de madrugada
todavía, el director del Jardín
Zoológico vio llegar a una tortuga
embarrada y sumamente flaca, que traía
acostado en su lomo y atado con
enredaderas, para que no se cayera, a un
hombre que se estaba muriendo. El
director reconoció a su amigo, y él
mismo fue corriendo a buscar remedios,
con los que el cazador se curó en
seguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había
salvado la tortuga, cómo había hecho un
viaje de trescientas leguas para que
tomara remedios no quiso separarse más
de ella. Y como él no podía tenerla en
su casa, que era muy chica, el director
del Zoológico se comprometió a tenerla
en el Jardín, y a cuidarla como si fuera
su propia hija. Y asi pasó. La tortuga,
feliz y contenta con el cariño que le
tienen, pasea por todo el jardín, y es
la misma gran tortuga que vemos todos los
días comiendo el pastito alrededor de
las jaulas de los monos. El cazador la va
a ver todas las tardes y ella conoce
desde lejos a su amigo, por los pasos.
Pasan un par de horas juntos, y ella no
quiere nunca que él se vaya sin que le
dé una palmadita de cariño en el lomo. |
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Las
Medias de los Flamencos
Cierta vez las
víboras dieron un gran baile. Invitaron
a las ranas y a los sapos, a los
flamencos y a los yacarés, y a los
pescados. Los pescados, como no caminan,
no pudieron bailar; pero siendo el baile
a la orilla del río los pescados estaban
asomados a la arena, y aplaudían con la
cola. Los yacarés, para adornarse bien,
se habían puesto en el pescuezo un
collar de bananas, y fumaban cigarrillos
paraguayos. Los sapos se habían pegado
escamas de pescado en todo el cuerpo; y
caminaban meneándose, como si nadaran. Y
cada vez que pasaban muy serios por la
orilla del río, los pescados les
gritaban haciéndoles burla. Las ranas se
habían perfumado todo el cuerpo, y
caminaban en dos pies. Además, cada una
llevaba colgada como un farolito una
luciérnaga que se balanceaba.
Pero las que estaban hermosísimas eran
las víboras. Todas, sin excepción,
estaban vestidas con traje de bailarina,
del mismo color de cada víbora. Las
víboras coloradas levaban una pollerita
de tul colorado; las verdes, una de tul
verde; las amarillas, otra de tul
amarillo; y las yararás, una pollerita
de tul gris pintada con rayas de polvo de
ladrillo y ceniza, porque así es el
color de las yararás. Y las más
espléndidas de todas eran las víboras
de coral que estaban vestidas con
larguísimas gasas rojas, blancas y
negras, y bailaban como serpentinas.
Cuando las víboras danzaban y daban
vueltas apoyadas en la punta de la cola,
todos los invitados aplaudían como
locos. Sólo los flamencos, que entonces
tenían las patas blancas, y tienen ahora
como antes la nariz muy gruesa y torcida,
sólo los flamencos estaban tristes,
porque como tienen muy poca inteligencia,
no habían sabido como adornarse.
Envidiaban el traje de todos, y sobre
todo el de las víboras de coral. Cada
vez que una víbora pasaba por delante de
ellos, coqueteando y haciendo ondular las
gasas de serpentinas, los flamencos se
morían de envidia.
Un flamenco dijo entonces: -Yo sé lo que
vamos a hacer. Vamos a ponernos medias
coloradas, blancas y negras, y las
víboras de coral se van a enamorar de
nosotros. Y levantando todos juntos el
vuelo, cruzaron el río y fueron a
golpear en un almacén del pueblo.
-¡Tan-tan!-pegaron con las patas.
-¿Quién es?-respondió el almacenero.
-Somos los flamencos. ¿Tienes medias
coloradas, blancas y negras? -No, no
hay-contestó el almacenero-. ¿Están
locos? En ninguna parte va a encontrar
medias así. Los flamencos fueron
entonces a otro almacén. -¡Tan-tan!
¿Tienes medias coloradas, blancas y
negras? El almacenero contestó: -¿Cómo
dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No
hay medias así en ninguna parte. Ustedes
están locos. ¿Quienes son? -Somos los
flamencos-respondieron ellos. Y el hombre
dijo: -Entonces son con seguridad
flamencos locos. Fueron a otro almacén.
-¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas,
blancas y negras? El almacenero gritó:
-¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y
negras? Solamente a pájaros narigudos
como ustedes se les ocurre pedir medias
así. ¡Váyanse en seguida! Y el hombre
los echó con la escoba.
Los flamencos recorrieron así todos los
almacenes, y de todas partes los echaban
por locos. Entonces un tatú, que había
ido a tomar agua al río, se quiso burlar
de los flamencos y les dijo, haciéndoles
un gran saludo: -¡Buenas noches,
señores flamencos! Yo sé lo que ustedes
buscan. No van a encontrar medias así en
ningún almacén. Tal vez haya en Buenos
Aires, pero tendrán que pedirlas por
encomienda postal. Mi cuñada, la
lechuza, tiene medias así. Pídanselas,
y ella les va a dar las medias coloradas,
blancas y negras. Los flamencos le dieron
las gracias, y se fueron volando a la
cueva de la lechuza. Y le dijeron:
-¡Buenas noches lechuza! Venimos a
pedirte las medias coloradas, blancas y
negras. Hoy es el gran baile de las
víboras, y si nos ponemos esas medias,
las víboras de coral se van a enamorar
de nosotros.
-¡Con mucho gusto!-respondió la
lechuza-. Esperen un segundo, y vuelvo en
seguida. Y echando a volar, dejó solos a
los flamencos; y al rato volvió con las
medias. Pero no eran medias, sino cueros
de víboras de coral, lindísimos cueros
recién sacados a las víboras que la
lechuza había cazado. -Aquí están las
medias-les dijo la lechuza-. No se
preocupen de nada, sino de una sola cosa:
bailen toda la noche, bailen sin parar un
momento, bailen de costado, de pico, de
cabeza, como ustedes quieran; pero no
paren un momento, porque en vez de bailar
van entonces a llorar. Pero los
flamencos, como son tan tontos, no
comprendían bien qué gran peligro
había para ellos en eso, y locos de
alegría se pusieron los cueros de las
víboras de coral, como medias, metiendo
las patas dentro de los cueros, que eran
como tubos. Y muy contentos se fueron
volando al baile. Cuando vieron a los
flamencos con sus hermosísimas medias,
todos les tuvieron envidia. Las víboras
querían bailar con ellos, únicamente, y
como los flamencos no dejaban un instante
de mover las patas, las víboras no
podían ver bien de qué estaban hechas
aquellas preciosas medias. Pero poco a
poco, sin embargo, las víboras
comenzaron a desconfiar. Cuando los
flamencos pasaban bailando al lado de
ellas, se agachaban hasta el suelo para
ver bien. Las víboras de coral, sobre
todo, estaban muy inquietas. No apartaban
la vista de las medias, y se agachaban
también tratando de tocar con la lengua
las patas de los flamencos, porque la
lengua de las víboras es como la mano de
las personas.
Pero los flamencos bailaban y bailaban
sin cesar aunque estaban cansadísimos y
ya no podían más. Las víboras de
coral, que conocieron esto, pidieron en
seguida a las ranas sus farolitos, que
eran bichitos de luz, y esperaron todas
juntas a que los flamencos se cayeran de
cansados. Efectivamente, un minuto
después, un flamenco, que ya no podía
más, tropezó con el cigarro de un
yacaré, se tambaleó y cayó de costado;
En seguida las víboras de coral
corrieron con sus farolitos, y alumbraron
bien las patas del flamenco. Y vieron
qué eran aquellas medias, y lanzaron un
silbido que se oyó desde la otra orilla
del Paraná. -¡No son medias!-gritaron
las víboras-. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos
han engañado! ¡Los flamencos han matado
a nuestras hermanas y se han puesto sus
cueros como medias! ¡Las medias que
tienen son de víboras de coral! Al oír
esto, los flamencos, llenos de miedo
porque estaban descubiertos, quisieron
volar; pero estaban tan cansados que no
pudieron levantar una sola pata. Entonces
las víboras de coral se lanzaron sobre
ellos, y enroscándose en sus patas les
deshicieron a mordiscones las medias. Les
arrancaron las medias a pedazos,
enfurecidas, y les mordían también las
patas, para que murieran.
Los flamencos, locos de dolor, saltaban
de un lado para otro sin que las víboras
de coral se desenroscaran de sus patas.
Hasta que al fin, viendo que ya no
quedaba un solo pedazo de media, las
víboras los dejaron libres, cansadas y
arreglándose las gasas de sus trajes de
baile. Además, las víboras de coral
estaban seguras de que los flamencos iban
a morir, porque la mitad, por lo menos,
de las víboras de coral que los habían
mordido, eran venenosas. Pero los
flamencos no murieron, corrieron a
echarse al agua, sintiendo un grandísimo
dolor. Gritaban de dolor, y sus patas,
que eran blancas, estaban entonces
coloradas por el veneno de las víboras.
Pasaron días y días, y siempre sentían
terrible ardor en las patas, y las
tenían siempre de color de sangre,
porque estaban envenenadas.Hace de esto
muchísimo tiempo. Y ahora todavía
están los flamencos casi todo el día
con sus patas coloradas metidas en el
agua, tratando de calmar el ardor que
sienten en ellas. A veces se apartan de
la orilla, y dan unos pasos por la
tierra, para ver cómo se hallan. Pero
los dolores del veneno vuelven en
seguida, y corren a meterse en el agua. A
veces el ardor que sienten es tan grande,
que encogen una pata y quedan así horas
enteras, porque no pueden estirarla. Esta
es la historia de los flamencos, que
antes tenían las patas blancas y ahora
las tienen coloradas. Todos los pescados
saben por qué es, y se burlan de ellos.
Pero los flamencos, mientras se curan en
el agua, no pierden ocasión de vengarse,
comiéndose a cuanto pescadito se acerca
demasiado a burlarse de ellos. |
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El Loro
Pelado
Había una vez
una banda de loros que vivía en el
monte. De mañana temprano iban a comer
choclos a la chacra, y de tarde comían
naranjas. Hacían gran barullo con sus
gritos, y tenían siempre un loro de
centinela en los árboles más altos,
para ver si venía alguien. Los loros son
tan dañinos como la langosta, porque
abren los choclos para picotearlos, los
cuales, después, se pudren con la
lluvia. Y como al mismo tiempo los loros
son ricos para comer guisados, los peones
los cazaban a tiros. Un día un hombre
bajó de un tiro a un loro centinela, el
que cayó herido y peleó un buen rato
antes de dejarse agarrar. El peón lo
llevó a la casa, para los hijos del
patrón, los chicos lo curaron porque no
tenía más que un ala rota.
El loro se curó muy bien, y se amansó
completamente. Se llamaba Pedrito.
Aprendió a dar la pata; le gustaba estar
en el hombro de las personas y con el
pico les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día
en los naranjos y eucaliptos del jardín.
Le gustaba también burlarse de las
gallinas. A las cuatro o cinco de la
tarde, que era la hora en que tomaban el
té en la casa, el loro entraba también
en el comedor, y se subía con el pico y
las patas por el mantel, a comer pan
mojado en leche. Tenía locura por el té
con leche. Tanto se daba Pedrito con los
chicos, y tantas cosas le decían las
criaturas, que el loro aprendió a
hablar. Decía: "¡Buen día.
lorito!..." "¡Rica la
papa!..." "¡Papa para
Pedrito!..."
Decía otras cosas más que no se pueden
decir, porque los loros, como los chicos,
aprenden con gran facilidad malas
palabras. Cuando llovía, Pedrito se
encrespaba y se contaba a sí mismo una
porción de cosas, muy bajito. Cuando el
tiempo se componía, volaba entonces
gritando como un loco. Era, como se ve,
un loro bien feliz, que además de ser
libre, como lo desean todos los pájaros,
tenía también, como las personas ricas,
su five o'clock tea. Ahora bien: en medio
de esta felicidad, sucedió que una tarde
de lluvia salió por fin el sol después
de cinco días de temporal, y Pedrito se
puso a volar gritando: -"¡Qué
lindo día, lorito!... ¡Rica papa!...
¡La pata, Pedrito!..."-y volaba
lejos, hasta que vio debajo de él, muy
abajo, el río Paraná, que parecía una
lejana y ancha cinta blanca. Y siguió,
siguió, siguió volando, hasta que se
asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en
el suelo, a través de las ramas, dos
luces verdes, como enormes bichos de luz.
-¿Qué será?-se dijo el loro-.
"¡Rica, papa!..." ¿Qué será
eso?... "¡Buen día,
Pedrito!..."
El loro hablaba siempre así, como todos
los loros, mezclando las palabras sin ton
ni son, y a veces costaba enterderlo. Y
como era muy curioso, fue bajando de rama
en rama, hasta acercarse. Entonces vio
que aquellas dos luces verdes eran los
ojos de un tigre que estaba agachado,
mirándolo fijamente. Pero Pedrito estaba
tan contento con el lindo día, que no
tuvo ningôn miedo. -¡Buen día,
tigre!-le dijo-. "¡La pata,
Pedrito!..." Y el tigre, con esa voz
terriblemente ronca que tiene le
respondió: -¡Bu-en-día! -¡Buen día,
tigre! -repitió el loro-. "¡Rica
papa!... ¡rica papa!... ¡rica
papa!..." Y decía tantas veces
"¡rica papa!" porque ya eran
las cuatro de la tarde, y tenía muchas
ganas de tomar té con leche. El loro se
había olvidado de que los bichos del
monte no toman té con leche, y por esto
lo convidó al tigre. -¡Rico té con
leche!-le dijo-. "¡Buen día,
Pedrito!..." ¿Quieres tomar té con
leche conmigo, amigo tigre? Pero el tigre
se puso furioso porque creyó que el loro
se reía de él, y además, como tenía a
su vez hambre se quiso comer al pájaro
hablador. Así que le contestó:
-¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy
sordo! El tigre no era sordo; lo que
quería era que Pedrito se acercara mucho
para agarrarlo de un zarpazo.
Pero el loro no pensaba sino en el gusto
que tendrían en la casa cuando él se
presentara a tomar té con leche con
aquel magnífico amigo. Y voló hasta
otra rama más cerca del suelo. -¡Rica
papa, en casa! -repitió, gritando cuanto
podía. -¡Más cer-ca! ¡No
oi-go!-respondió el tigre con su voz
ronca. El loro se acercó un poco más y
dijo: -¡Rico té con leche! -¡Más
cer-ca toda-vía!-repitió el tigre. El
pobre loro se acercó aun más, y en ese
momento el tigre dio un terrible salto,
tan alto como una casa, y alcanzó con la
punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó
a matarlo, pero le arrancó todas las
plumas del lomo y la cola entera. No le
quedó una sola pluma en la cola.
-¡Tomá! -Rugió el tigre-. Andá a
tomar té con leche... El loro, gritando
de dolor y de miedo, se fue volando, pero
no podía volar bien, porque le faltaba
la cola que es como el timón de los
pájaros. Volaba cayéndose en el aire de
un lado para otro, y todos los pájaros
que lo encontraban se alejaban asustados
de aquel bicho raro. Por fin pudo llegar
a la casa, y lo primero que hizo fue
mirarse en el espejo de la cocinera.
¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro
y más feo que puede darse, todo pelado,
todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo
iba a presentarse en el comedor; con esa
figura?
Voló entonces hasta el hueco que había
en el tronco de un eucalipto y que era
como una cueva, y se escondió en el
fondo, tiritando de frío y de
vergenza. Pero entretanto, en el
comedor todos extrañaban su ausencia:
-¿Dónde estará Pedrito?-decían. Y
llamaban¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito!
¡Té con leche, Pedrito! Pero Pedrito no
se movía de su cueva, ni respondía
nada, mudo y quieto. Lo buscaron por
todas partes, pero el loro no apareció.
Todos creyeron entonces que Pedrito
había muerto, y los chicos se echaron a
llorar. Todas las tardes, a la hora del
té, se acordaban siempre del loro, y
recordaban también cuánto le gustaba
comer pan mojado en té con leche.
¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían
porque había muerto. Pero Pedrito no
había muerto, sino que continuaba en su
cueva sin dejarse ver por nadie, porque
sentía mucha vergenza de verse
pelado como un ratón.
De noche bajaba a comer y subía en
seguida. De madrugada descendía de
nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el
espejo de la cocinera, siempre muy triste
porque las plumas tardaban mucho en
crecer. Hasta que por fin un día, o una
tarde, la familia sentada a la mesa a la
hora del té vio entrar a Pedrito muy
tranquilo, balanceándose como si nada
hubiera pasado. Todos se querían morir,
morir de gusto cuando lo vieron bien vivo
y con lindísimas plumas. -¡Pedrito,
lorito!-le decían-. ¡Qué te pasó,
Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que
tiene el lorito! Pero no sabían que eran
plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no
decía tampoco una palabra. No hacía
sino comer pan mojado en té con leche.
Pero lo que es hablar, ni una sola
palabra. Por eso, el dueño de casa se
sorprendió mucho cuando a la mañana
siguiente el loro fue volando a pararse
en su hombro, charlando como un loco. En
dos minutos le contó lo que había
pasado: Un paseo al Paraguay, su
encuentro con el tigre, y lo demás; y
concluía cada cuento cantando: -¡Ni una
pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una
pluma! ¡Ni una pluma! Y lo invitó a ir
a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba
en ese momento a comprar una piel de
tigre que le hacía falta para la estufa,
quedó muy contento de poderla tener
gratis. Y volviendo a entrar en la casa
para tomar la escopeta, emprendió junto
con Pedrito el viaje al Paraguay.
Convinieron en que cuando Pedrito viera
al Tigre, lo distraería charlando, para
que el hombre pudiera acercarse despacito
con la escopeta. Y así pasó. El loro,
sentado en una rama del árbol, charlaba
y charlaba, mirando al mismo tiempo a
todos lados, para ver si veía al tigre.
Y por fin sintió un ruido de ramas
partidas, y vio de repente debajo del
árbol dos luces verdes fijas en él:
eran los ojos del tigre. Entonces el loro
se puso a gritar: -¡Lindo día!...
¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!...
¿Querés té con leche?. .. El tigre
enojadísimo al reconocer a aquel loro
pelado que él creía haber muerto, y que
tenía otra vez lindísimas plumas, juró
que esa vez no se le escaparía, y de sus
ojos brotaron dos rayos de ira cuando
respondió con su voz ronca:
-¡Acer-ca-te más! ¡Soy sor-do! El loro
voló a otra rama más próxima, siempre
charlando: -¡Rico, pan con leche! ...
¡ESTA AL PIE DE ESTE ARBOL ! ... Al oír
estas ôltimas palabras, el tigre,lanzó
un rugido y se levantó de un salto.
-¿Con quién estás hablando?-bramó-.
¿A quién le has dicho que estoy al pie
de este árbol? -¡A nadie, a
nadie!-gritó el loro-. "¡Buen
día, Pedrito! ... ¡La pata, lorito! ...
"
Y seguía charlando y saltando de rama en
rama, y acercándose. Pero él había
dicho: está al pie de este árbol para
avisarle al hombre, que se iba arrimando
bien agachado y con la escopeta al
hombro. Y llegó un momento en que el
loro no pudo acercarse más, porque si
no, caía en la boca del tigre, y
entonces gritó: -"¡Rica papa! ...
" ¡ATENCION! -¡Más cer-ca
aun!-rugió el tigre, agachándose para
saltar. -¡Rico, té con leche!...
¡CUIDADO VA A SALTAR! Y el tigre saltó,
en efecto. Dio un enorme salto, que el
loro evitó lanzándose al mismo tiempo
como una flecha en el aire. Pero también
en ese mismo instante el hombre, que
tenía el cañón de la escopeta
recostado contra un tronco para hacer
bien la puntería, apretó el gatillo, y
nueve balines del tamaño de un garbanzo
cada uno entraron como un rayo en el
corazón del tigre, que lanzando un
bramido que hizo temblar el monte entero,
cayó muerto. Pero el loro, ¡qué gritos
de alegría daba! ¡Estaba loco de
contento, porque se había vengado-¡y
bien vengado!-del feísimo animal que le
había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento,
porque matar a un tigre es cosa difícil,
y, además, tenía la piel para la estufa
del comedor. Cuando llegaron a la casa,
todos supieron por qué Pedrito había
estado tanto tiempo oculto en el hueco
del árbol y todos lo felicitaron por la
hazaña que había hecho. Vivieron en
adelante muy contentos. Pero el loro no
se olvidaba de lo que le había hecho el
tigre, y todas las tardes, cuando entraba
en el comedor para tomar el té se
acercaba siempre a la piel del tigre,
tendida delante de la estufa, y lo
invitaba a tomar té con leche. -¡Rica
papa!... -le decía-. ¿Querés té con
leche?. ¡La papa para el tigre!... Y
todos se morían de risa. Y Pedrito
también. |
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La Guerra
de los Yacares
En
un río muy grande, en un país
desierto donde nunca había
estado el hombre, vivían muchos
yacarés. Eran más de cien o
más de mil. Comían pescados,
bichos que iban a tomar agua al
río, pero sobre todo pescados.
Dormían la siesta en la arena de
la orilla, y a veces jugaban
sobre el agua cuando había
noches de luna. Todos vivían muy
tranquilos y contentos. Pero una
tarde, mientras dormían la
siesta, un yacaré se despertó
de golpe y levantó la cabeza
porque creía haber sentido
ruido. Prestó oídos y lejos,
muy lejos, oyó efectivamente un
ruido sordo y profundo.
Entonces llamó al yacaré que
dormía a su lado.
-¡Despiértate!-le dijo-. Hay
peligro. -¿Qué cosa?-respondió
el otro, alarmado. -No
sé-contestó el yacaré que se
había despertado primero-.
Siento un ruido desconocido. El
segundo yacaré oyó el ruido a
su vez, y en un momento
despertaron a los otros. Todos se
asustaron y corrían de un lado
para otro con la cola levantada.
Y no era para menos su inquietud,
porque el ruido crecía, crecía.
Pronto vieron como una nubecita
de humo a lo lejos, y oyeron un
ruido de chas-chas en el río
como si golpearan el agua muy
lejos. Los yacarés se miraban
unos a otros: ¿qué podía ser
aquello? Pero un yacaré viejo y
sabio, el más sabio y viejo de
todos, un viejo yacaré a quien
no quedaban sino dos dientes
sanos en los costados de la boca,
y que había hecho una vez un
viaje hasta el mar, dijo de
repente: -¡Yo sé lo que es!
¡Es una ballena! ¡Son grandes y
echan agua blanca por la nariz!
El agua cae para atrás. Al oír
esto, los yacarés chiquitos
comenzaron a gritar como locos de
miedo, zambullendo la cabeza. Y
gritaban: -¡Es una ballena!
¡Ahí viene la ballena! Pero el
viejo yacaré sacudió de la cola
al yacarecito que tenía más
cerca. -¡No tengan miedo!-les
gritó-. ¡Yo sé lo que es la
ballena! ¡Ella tiene miedo de
nosotros! ¡Siempre tiene miedo!
Con lo cual los yacarés chicos
se tranquilizaron. Pero en
seguida volvieron a asustarse,
porque el humo gris se cambió de
repente en humo negro, y todos
sintieron bien fuerte ahora el
chas-chas-chas en el agua. Los
yacarés, espantados, se
hundieron en el río, dejando
solamente fuera los ojos y la
punta de la nariz. Y así vieron
pasar delante de ellos aquella
cosa inmensa, llena de humo y
golpeando el agua, que era un
vapor de ruedas que navegaba por
primera vez por aquel río. El
vapor pasó, se alejó y
desapareció.
Los yacarés entonces fueron
saliendo del agua, muy enojados
con el viejo yacaré, porque los
había engañado, diciéndoles
que eso era una ballena. -¡Eso
no es una ballena!-le gritaron en
las orejas, porque era un poco
sordo-. ¿Qué es eso que pasó?
El viejo yacaré les explicó
entonces que era un vapor, lleno
de fuego, y que los yacarés se
iban a morir todos si el buque
seguía pasando. Pero los
yacarés se echaron a reír,
porque creyeron que el viejo se
había vuelto loco. ¿Por qué se
iban a morir ellos si el vapor
seguia pasando? Estaba bien loco,
el pobre yacaré viejo! Y como
tenían hambre se pusieron a
buscar pescados. Pero no había
ni un pescado. No encontraron un
solo pescado. Todos se habían
ido, asustados por el ruido del
vapor. No había más pescados.
-¿No les decía yo?-dijo
entonces el viejo yacaré-. Ya no
tenemos nada que comer. Todos los
pescados se ha ido. Esperemos
hasta mañana. Puede ser que el
vapor no vuelva más, y los
pescados volverán cuando no
tengan más miedo. Pero al día
siguiente sintieron de nuevo el
ruido en el agua, y vieron pasar
de nuevo al vapor, haciendo mucho
ruido y largando tanto humo que
oscurecía el cielo.
-Bueno-dijeron entonces los
yacarés-; el buque pasó ayer,
pasó hoy, y pasará mañana. Ya
no habrá más pescados ni bichos
que vengan a tomar agua, y nos
moriremos de hambre. Hagamos
entonces un dique.
-Sí, un dique! Un
dique!-gritaron todos, nadando a
toda fuerza hacia la orilla-.
Hagamos un dique! En seguida se
pusieron a hacer el dique. Fueron
todos al bosque y echaron abajo
más de diez mil árboles, sobre
todo lapachos y quebrachos,
porque tienen la madera muy
dura... Los cortaron con la
especie de serrucho que los
yacarés tienen encima de la
cola; los empujaron hasta el
agua, y los clavaron a todo lo
ancho del río, a un metro uno
del otro. Ningôn buque podía
pasar por allí, ni grande ni
chico. Estaban seguros de que
nadie vendría a espantar los
pescados. Y como estaban muy
cansados, se acostaron a dormir
en la playa. Al otro día
dormían todavía cuando oyeron
el chaschas-chas del vapor. Todos
oyeron, pero ninguno se levantó
ni abrió los ojos siquiera.
¿Qué les importaba el buque?
Podía hacer todo el ruido que
quisiera, por allí no iba a
pasar. En efecto: el vapor estaba
muy lejos todavía cuando se
detuvo. Los hombres que iban
adentro miraron con anteojos
aquella cosa atravesada en el
río y mandaron un bote a ver
qué era aquello que les impedía
pasar. Entonces los yacarés se
levantaron y fueron al dique, y
miraron por entre los palos,
riéndose del chasco que se
había llevado el vapor. El bote
se acercó, vio el formidable
dique que habían levantado los
yacarés y se volvió al vapor.
Pero después volvió otra vez al
dique, y los hombres del bote
gritaron:
-¡Eh, yacarés! -¡Qué
hay!-respondieron los yacarés,
sacando la cabeza por entre los
troncos del dique. -¡Nos esta
estorbando eso!-continuaron los
hombres. -¡Ya lo sabemos! -¡No
podemos pasar! -¡Es lo que
queremos! -¡Saquen el dique!
-¡No lo sacamos! Los hombres del
bote hablaron un rato en voz baja
entre ellos y gritaron después:
-¡Yacarés! -¿Qué
hay?-contestaron ellos. -¿No lo
sacan? -¡No! -¡Hasta mañana,
entonces! -¡Hasta cuando
quieran! Y el bote volvió al
vapor, mientras los yacarés,
locos de contentos, daban
tremendos colazos en el agua.
Ningôn vapor iba a pasar por
allí y siempre, siempre, habría
pescados. Pero al día siguiente
volvió el vapor, y cuando los
yacarés miraron el buque,
quedaron mudos de asombro: ya no
era el mismo buque. Era otro, un
buque de color ratón, mucho más
grande que el otro. ¿Qué nuevo
vapor era ése? ¿Ese también
quería pasar? No iba a pasar,
no.
¡Ni ése, ni otro, ni ningôn
otro! -¡No, no va a
pasar!-gritaron los yacarés,
lanzándose al dique, cada cual a
su puesto entre los troncos. El
nuevo buque, como el otro, se
detuvo lejos, y también como el
otro bajó un bote que se acercó
al dique. Dentro venían un
oficial y ocho marineros. El
oficial gritó: -¡Eh, yacarés!
-¡Qué hay! -respondieron
éstos. -¿No sacan el dique?
-No. -¿No? -¡No! -Está
bien-dijo el oficial-. Entonces
lo vamos a echar a pique a
cañonazos. -¡Echen!-contestaron
los yacarés. Y el bote regresó
al buque. Ahora bien, ese buque
de color ratón era un buque de
guerra, un acorazado, con
terribles cañones. El viejo
yacaré sabio, que había ido una
vez hasta el mar, se acordó de
repente y apenas tuvo tiempo de
gritar a los otros yacarés:
-¡Escóndanse bajo el agua!
¡Ligero! ¡Es un buque de
guerra! ¡Cuidado! ¡Escóndanse!
Los yacarés desaparecieron en un
instante bajo el agua y nadaron
hacia la orilla, donde quedaron
hundidos, con la nariz y los ojos
ônicamente fuera del agua. En
ese mismo momento, del buque
salió una gran nube blanca de
humo, sonó un terrible
estampido, y una enorme bala de
cañón cayó en pleno dique,
justo en el medio. Dos o tres
troncos volaron hechos pedazos, y
en seguida cayó otra bala, y
otra y otra más, y cada una
hacía saltar por el aire en
astillas un pedazo de dique,
hasta que no quedó nada del
dique.
Ni un tronco, ni una astilla, ni
una cáscara. Todo había sido
deshecho a cañonazos por el
acorazado. Y los yacarés,
hundidos en el agua, con los ojos
y la nariz solamente afuera,
vieron pasar el buque de guerra,
silbando a toda fuerza. Entonces
los yacarés salieron del agua y
dijeron: -Hagamos otro dique
mucho más grande que el otro. Y
en esa misma tarde y esa noche
misma hicieron otro dique, con
troncos inmensos. Después se
acostaron a dormir,
cansadísimos, y estaban
durmiendo todavía al día
siguiente cuando el buque de
guerra llegó otra vez, y el bote
se acercó al dique. -¡Eh,
yacarés!-gritó el oficial.
-¡Qué hay!-respondieron los
yacarés. -¡Saquen ese otro
dique! -¡No lo sacamos! -¡Lo
vamos a deshacer a cañonazos
como al otro! -¡Deshagan... si
pueden! -¡Y hablaban así con
orgullo porque estaban seguros de
que su nuevo dique no podría ser
deshecho ni por todos los
cañones del mundo.
Pero un rato después el buque
volvió a llenarse de humo, y con
un horrible estampido la bala
reventó en el medio del dique,
porque esta vez habían tirado
con granada. La granada reventó
contra los troncos, hizo saltar,
despedazó, redujo a astillas las
enormes vigas. La segunda
reventó al lado de la primera y
otro pedazo de dique voló por el
aire. Y así fueron deshaciendo
el dique. Y no quedó nada del
dique; nada, nada. El buque de
guerra pasó entonces delante de
los yacarés, y los hombres les
hacían burlas tapándose la
boca. -Bueno-dijeron entonces los
yacarés, saliendo del agua-.
Vamos a morir todos, porque el
buque va a pasar siempre y los
pescados no volverán. Y estaban
tristes, porque los yacarés
chiquitos se quejaban de hambre.
El viejo yacaré dijo entonces:
-Todavía tenemos una esperanza
de salvarnos. Vamos a ver al
Surubí. Yo hice el viaje con él
cuando fui hasta el mar, y tiene
un torpedo. El vio un combate
entre dos buques de guerra, y
trajo hasta aquí un torpedo que
no reventó. Vamos a pedírselo,
y aunque está muy enojado con
nosotros los yacarés, tiene buen
corazón y no querrá que muramos
todos.
El hecho es que antes, muchos
años antes, los yacarés se
habían comido a un sobrinito del
Surubí, y éste no había
querido tener más relaciones con
los yacarés. Pero a pesar de
todo fueron corriendo a ver al
Surubí, que vivía en una gruta
grandísima en la orilla del río
Paraná, y que dormía siempre al
lado de su torpedo. Hay surubíes
que tienen hasta dos metros de
largo y el dueño del torpedo era
uno de éstos. -¡Eh,
Surubí!-gritaron todos los
yacarés desde la entrada de la
gruta, sin atreverse a entrar por
aquel asunto del sobrinito.
-¿Quién me llama?-contestó el
Surubí. -¡Somos nosotros, los
yacarés! -¡No tengo ni quiero
tener relación con ustedes
-respondió el Surubí, de mal
humor. Entonces el viejo yacaré
se adelentó un poco en la gruta
y dijo: -¡Soy yo, Surubí! ¡Soy
tu amigo el yacaré que hizo
contigo el viaje hasta el mar! Al
oír esa voz conocida, el Surubí
salió de la gruta. -¡Ah, no te
había conocido!-le dijo
cariñosamente a su viejo amigo-.
¿Qué quieres? -Venimos a
pedirte el torpedo. Hay un buque
de guerra que pasa por nuestro
río y espanta a los pescados. Es
un buque de guerra, un acorazado.
Hicimos un dique, y lo echó a
pique. Hicimos otro y lo echó
también a pique. Los pescados se
han ido, y nos moriremos de
hambre. Danos el torpedo, y lo
echaremos a pique a él.
El Surubí, al oír esto, pensó
un largo rato, y después dijo:
-Está bien; les prestaré el
torpedo, aunque me acuerdo
siempre de lo que hicieron con el
hijo de mi hermano. ¿Quién sabe
hacer reventar el torpedo?
Ninguno sabía, y todos callaron.
-Está bien-dijo el Surubí, con
orgullo-, yo lo haré reventar.
Yo sé hacer eso. Organizaron
entonces el viaje. Los yacarés
se ataron todos unos con otros;
de la cola de uno al cuello del
otro; de la cola de éste al
cuello de aquél, formando así
una larga cadena de yacarés que
tenía más de una cuadra. El
inmenso Surubí empujó al
torpedo hacia la corriente y se
colocó bajo él, sosteniéndolo
sobre el lomo para que flotara. Y
como las lianas con que estaban
atados los yacarés uno detrás
de otro se habían concluido, el
Surubí se prendió con los
dientes de la cola del ôltimo
yacaré, y así emprendieron la
marcha. El Surubí sostenía el
torpedo, y los yacarés tiraban
corriendo por la costa. Subían,
bajaban, saltaban por sobre las
piedras, corriendo siempre y
arrastrando al torpedo, que
levantaba olas como un buque por
la velocidad de la corrida. Pero
a la mañana siguiente, bien
temprano, llegaban al lugar donde
habían construido su ôltimo
dique, y comenzaron en seguida
otro, pero mucho más fuerte que
los anteriores, porque por
consejo del Surubí colocaron los
troncos bien juntos, uno al lado
del otro. Era un dique realmente
formidable.
Hacía apenas una hora que
acababan de colocar el ôltimo
tronco del dique, cuando el buque
de guerra apareció otra vez, y
el bote con el oficial y ocho
marineros se acercó de nuevo al
dique. Los yacarés se treparon
entonces por los troncos y
asomaron la cabeza del otro lado.
-¡Eh, yacarés!-gritó el
oficial. -¡Qué
hay!-respondieron los yacarés.
-¿Otra vez el dique? -¡Sí,
otra vez! -¡Saquen ese dique!
-¡Nunca! -¿No lo sacan? -¡No!
-¡Bueno; entonces, oigan-dijo el
oficial-: Vamos a deshacer este
dique, y para que no quieran
hacer otro los vamos a deshacer
después a ustedes, a cañonazos.
No va a quedar ni uno solo
vivo-ni grandes, ni chicos, ni
gordos, ni flacos ni jóvenes, ni
viejos, como ese viejísimo
yacaré que veo allí, y que no
tiene sino dos dientes en los
costados de la boca. El viejo y
sabio yacaré, al ver que el
oficial hablaba de él y se
burlaba, le dijo: -Es cierto que
no me quedan sino pocos dientes,
y algunos rotos. ¿Pero usted
sabe qué van a comer mañana
estos dientes?-añadió, abriendo
su inmensa boca. -¿Qué van a
comer, a ver?-respondieron los
marineros. -A ese oficialito-dijo
el yacaré y se bajó
rápidamente de su tronco.
Entretanto, el Surubí había
colocado su torpedo bien en medio
del dique, ordenando a cuatro
yacarés que lo agarraran con
cuidado y lo hundieran en el agua
hasta que él les avisara. Así
lo hicieron. En seguida, los
demás yacarés se hundieron a su
vez cerca de la orilla, dejando
ônicamente la nariz y los ojos
fuera del agua. El Surubí se
hundió al lado de su torpedo. De
repente el buque de guerra se
llenó de humo y lanzó el primer
cañonazo contra el dique. La
granada reventó justo en el
centro del dique, e hizo volar en
mil pedazos diez o doce troncos.
Pero el Surubí estaba alerta y
apenas quedó abierto el agujero
en el dique, gritó a los
yacarés que estaban bajo el agua
sujetando el torpedo: -Suelten el
torpedo, ligero, suelten! Los
yacarés soltaron, y el torpedo
vino a flor de agua. En menos del
tiempo que se necesita para
contarlo, el Surubí colocó el
torpedo bien en el centro del
boquete abierto, apuntando con un
solo ojo, y poniendo en
movimiento el mecanismo del
torpedo, lo lanzó contra el
buque. ¡Ya era tiempo! En ese
instante el acorazado lanzaba su
segundo cañonazo y la granada
iba a reventar entre los palos,
haciendo saltar en astillas otro
pedazo del dique.
Pero el torpedo llegaba ya al
buque, y los hombre que estaban
en él lo vieron: es decir,
vieron el remolino que hace en el
agua un torpedo. Dieron todos un
gran grito de miedo y quisieron
mover el acorazado para que el
torpedo no lo tocara. Pero era
tarde; el torpedo llegó, chocó
con el inmenso buque bien en el
centro, y reventó. No es posible
darse cuenta del terrible ruido
con que reventó el torpedo.
Reventó, y partió el buque en
quince mil pedazos; lanzó por el
aire, a cuadras y cuadras de
distancia, chimeneas, máquinas,
cañones, lanchas, todo. Los
yacarés dieron un grito de
triunfo y corrieron como locos al
dique. Desde allí vieron pasar
por el agujero abierto por la
granada a los hombres muertos,
heridos y algunos vivos que la
corriente del río arrastraba. Se
treparon amontonados en los dos
troncos que quedaban a ambos
lados del boquete y cuando los
hombres pasaban por allí, se
burlaban tapándose la boca con
las patas. No quisieron comer a
ningôn hombre, aunque bien lo
merecían. Sólo cuando pasó uno
que tenía galones de oro en el
traje y que estaba vivo, el viejo
yacaré se lanzó de un salto al
agua, y ¡tac! en dos golpes de
boca se lo comió. -¿Quién es
ése?-preguntó un yacarecito
ignorante.
-Es el oficial-le respondió el
Surubí-. Mi viejo amigo le
había prometido que lo iba a
comer, y se lo ha comido. Los
yacarés sacaron el resto del
dique, que para nada servía ya,
puesto que ningôn buque
volvería a pasar por allí. El
Surubí, que se había enamorado
del cinturón y los cordones del
oficial, pidió que se los
regalaran, y tuvo que sacárselos
de entre los dientes al viejo
yacaré, pues habían quedado
enredados allí. El Surubí se
puso el cinturón, abrochándolo
por bajo las aletas, y del
extremo de sus grandes bigotes
prendió los cordones de la
espada. Como la piel del Surubí
es muy bonita, y las manchas
oscuras que tiene se parecen a
las de una víbora, el Surubí
nado una hora pasando y repasando
ante los yacarés, que lo
admiraban con la boca abierta.
Los yacarés lo acompañaron
luego hasta su gruta, y le dieron
las gracias infinidad de veces.
Volvieron después a su paraje.
Los pescados volvieron también,
los yacarés vivieron y viven
todavía muy felices, porque se
han acostumbrado al fin a ver
pasar vapores y buques que llevan
naranjas. Pero no quieren saber
nada de buques de guerra. |
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Link Original : Cuentos de la selva -Biblioteca-
Contenidos.com : http://www.contenidos.com/biblioteca/cuentos-selva/gama.htm
La Gama
Ciega
Había
una vez un venado -una gama-, que
tuvo dos hijos mellizos, cosa
rara entre los venados. Un gato
montés se comió a uno de ellos,
y quedó sólo la hembra. Las
otras gamas, que la querían
mucho, le hacían siempre
cosquillas en los costados. Su
madre le hacía repetir todas las
mañanas, al rayar el día, la
oración de los venados. Y dice
así:
I Hay que oler bien
primero las hojas antes de
comerlas, porque algunas son
venenosas.
II Hay que mirar bien el
río y quedarse quieta antes de
bajar a beber, para estar seguro
de que no hay yacarés.
III Cada media hora hay
que levantar bien alto la cabeza
y oler el viento, para sentir el
olor del tigre.
IV Cuando se come pasto
del suelo, hay que mirar siempre
antes los yuyos para ver si hay
víboras.
Este es el padrenuestro de los
venados chicos. Cuando la gamita
lo hubo aprendido bien, su madre
la dejó andar sola. Una tarde,
sin embargo, mientras la gamita
recorría el monte comiendo las
hojitas tiernas, vio de pronto
ante ella, en el hueco de un
árbol que estaba podrido, muchas
bolitas juntas que colgaban.
Tenía un color oscuro, como el
de las pizarras.
¿Qué sería? Ella tenía
también un poco de miedo, pero
como era muy traviesa, dio un
cabezazo a aquellas cosas, y
disparó. Vio entonces que las
bolitas se habían rajado, y que
caían gotas. Habían salido
también muchas mosquitas rubias
de cintura muy fina, que
caminaban apuradas por encima. La
gama se acercó, y las mosquitas
no la picaron. Despacito,
entonces, muy despacito, probó
una gota con la punta de la
lengua, y se relamió con gran
placer: aquellas gotas eran miel,
y miel riquísima, porque las
bolas de color pizarra eran una
colmena de abejitas que no
picaban porque no tenían
aguijón. Hay abejas así. En dos
minutos la gamita se tomó toda
la miel, y loca de contenta fue a
contarle a su mamá. Pero la
mamá la reprendió seriamente.
-Ten mucho cuidado, mi hija -le
dijo-, con los nidos de abejas.
La miel es una cosa muy rica,
pero es muy peligroso ir a
sacarla. Nunca te metas con los
nidos que veas. La gamita gritó
contenta: -¡Pero no pican,
mamá! Los tábanos y las uras
sí pican, las abejas, no.
-Estás equivocada, mi hija
-continuó la madre-. Hoy has
tenido suerte, nada más. Hay
abejas y avispas muy malas.
Cuidado, mi hija; porque me vas a
dar un gran disgusto. -Sí,
mamá! ¡Sí mamá!-respondió la
gamita. Pero lo primero que hizo
a la mañana siguiente, fue
seguir los senderos que habían
abierto los hombres en el monte,
para ver con más facilidad los
nidos de abejas.
Hasta que al fin halló uno. Esta
vez el nido tenía abejas
oscuras, con una fajita amarilla
en la cintura, que caminaban por
encima del nido. El nido también
era distinto; pero la gamita
pensó que, puesto que estas
abejas eran más grandes, la miel
debía ser más rica. Se acordó
asimismo de la recomendación de
su mamá; mas creyó que su mamá
exageraba, como exageran siempre
las madres de las gamitas.
Entonces le dio un gran cabezazo
al nido. ¡Ojalá nunca lo
hubiera hecho! Salieron en
seguida cientos de avispas, miles
de avispas que la picaron en todo
el cuerpo, le llenaron todo el
cuerpo de picaduras, en la
cabeza, en la barriga, en la
cola; y lo que es mucho peor, en
los mismos ojos. La picaron más
de diez en los ojos. La gamita,
loca de dolor, corrió y corrió
gritando, hasta que de repente
tuvo que pararse porque no veía
más: estaba ciega, ciega del
todo.
Los ojos se le habían hinchado
enormemente, y no veía más. Se
quedó quieta entonces, temblando
de dolor y de miedo, y sólo
podía llorar desesperadamente.
-¡Mamá... ¡Mamá! ... Su
madre, que había salido a
buscarla, porque tardaba mucho,
la halló al fin, y se desesperó
también con su gamita que estaba
ciega. La llevó paso a paso
hasta su cubil, con la cabeza de
su hija recostada en su pescuezo,
y los bichos del monte que
encontraban en el camino, se
acercaban todos a mirar los ojos
de la infeliz gamita. La madre no
sabía qué hacer. ¿Qué
remedios podía hacerle ella?
Ella sabía bien que en el pueblo
que estaba del otro lado del
monte vivía un hombre que tenía
remedios. El hombre era cazador,
y cazaba también venados, pero
era un hombre bueno.
La madre tenía miedo, sin
embargo, de llevar a su hija a un
hombre que cazaba gamas. Como
estaba desesperada se decidió a
hacerlo. Pero antes quiso ir a
pedir una carta de recomendación
al Oso Hormiguero, que era gran
amigo del hombre. Salió, pues,
después de dejar a la gamita
bien oculta, y atravesó
corriendo el monte, donde el
tigre casi la alcanza. Cuando
llegó a la guarida de su amigo,
no podía dar un paso más de
cansancio. Este amigo era, como
se ha dicho, un oso hormiguero;
pero era de una especie pequeña,
cuyos individuos tienen un color
amarillo, y por encima del color
amarillo una especie de camiseta
negra sujeta por dos cintas que
pasan por encima de los hombros.
Tienen también la cola prensil,
porque viven siempre en los
árboles, y se cuelgan de la
cola. ¿De dónde provenía la
amistad estrecha entre el Oso
Hormiguero y el cazador? Nadie lo
sabía en el monte; pero alguna
vez ha de llegar el motivo a
nuestros oídos. La pobre madre,
pues, llegó hasta el cubil del
oso hormiguero. -¡Tan! ¡Tan!
¡Tan! -llamó jadeante.
-¿Quién es?-respondió el Oso
Hormiguero. -¡Soy yo, la gama!
-¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la
gama? -Vengo a pedirle una
tarjeta de recomendación para el
cazador. La gamita, mi hija,
está ciega. -¿Ah, la gamita?-le
respondió el Oso Hormiguero-.
Es una buena persona. Si es por
ella, sí le doy lo que quiere.
Pero no necesita nada escrito...
Muéstrele esto, y la atenderá.
Y con el extremo de la cola, el
oso hormiguero le extendió a la
gama una cabeza seca de víbora,
completamente seca, que tenía
aôn los colmillos venenosos.
-Muéstrele esto- dijo aôn el
comedor de hormigas-. No se
precisa más. -¡Gracias, Oso
Hormiguero!- respondió contenta
la gama-. Usted también es una
buena persona. Y salió
corriendo, porque era muy tarde y
pronto iba a amanecer. Al pasar
por su cubil recogió a su hija,
que se quejaba siempre, y juntas
llegaron por fin al pueblo, donde
tuvieron que caminar muy
despacito y arrimarse a las
paredes, para que los perros no
las sintieran. Ya estaban ante la
puerta del cazador. -¡Tan!
¡Tan! ¡Tan!- golpearon. -¿Qué
hay?- respondió una voz de
hombre, desde adentro. -¡Somos
las gamas!... ¡ Tenemos la
cabeza de víbora!
La madre se apuró a decir esto,
para que el hombre supiera bien
que ellas eran amigas del Oso
Hormiguero. -¡Ah, ah!- dijo el
hombre, abriendo la puerta-.
¿Qué pasa? Venimos para que
cure a mi hija, la gamita, que
está ciega. Y contó al cazador
toda la historia de las abejas.
-¡Hum!... Vamos a ver qué tiene
esta señorita- dijo el cazador.
Y volviendo a entrar en la casa,
salió de nuevo con una sillita
alta, e hizo sentar en ella a la
gamita para poderle ver bien los
ojos sin agacharse mucho. Le
examinó así los ojos, bien de
cerca con un vidro redondo muy
grande, mientras la mamá
alumbraba con el farol de viento
colgado de su cuello. -Esto no es
gran cosa- dijo por fin el
cazador, ayudando a bajar a la
gamita-. Pero hay que tener mucha
paciencia. Póngale esta pomada
en los ojos todas las noches, y
téngala veinte días en la
oscuridad. Después póngale
estos lentes amarillos, y se
curará. -¡Muchas gracias,
cazador!- respondió la madre,
muy contenta y agradecida-.
¿Cuánto le debo? -No es nada-
respondió sonriendo el cazador-.
Pero tenga mucho cuidado con los
perros, porque en la otra cuadra
vive precisamente un hombre que
tiene perros para seguir el
rastro de los venados. Las gamas
tuvieron gran miedo; apenas
pisaban, y se detenían a cada
momento, Y con todo, los perros
las ofgatearon y las corrieron
media legua dentro del monte.
Corrían por una picada muy
ancha, y delante la gamita iba
balando. Tal como lo dijo el
cazador se efectuó la curación.
Pero solo la gama supo cuánto le
costó tener encerrada a la
gamita en el hueco de un gran
árbol, durante veinte días
interminables. Adentro no se
veía nada. Por fin una mañana
la madre apartó con la cabeza el
gran montón de ramas que había
arrimado al hueco del árbol para
que no entrara luz, y la gamita
con sus lentes amarillos, salió
corriendo y gritando: -¡Veo,
mamá! ¡Ya veo todo! Y la gama,
recostando la cabeza en una rama,
lloraba también de alegría, al
ver curada su gamita.
Y se curó del todo; Pero aunque
curada, y sana y contenta, la
gamita tenía un secreto que la
entristecía. Y el secreto era
éste: ella quería a toda costa
pagarle al hombre que tan bueno
había sido con ella, y no sabía
cómo. Hasta que un día creyó
haber encontrado el medio. Se
puso a recorrer la orilla de las
lagunas y bañados, buscando
plumas de garza para llevarle al
cazador. El cazador, por su
parte, se acordaba a veces de
aquella gamita ciega que él
habia curado. Y una noche de
lluvia estaba el hombre leyendo
en su cuarto muy contento porque
acababa de componer el techo de
paja, que ahora no se llovía
más; estaba leyendo cuando oyó
que llamaban. Abrió la puerta, y
vio a la gamita que le traía un
atadito, un plumerito todo mojado
de plumas de garza. El cazador se
puso a reír, y la gamita,
avergonzada porque creía que el
cazador se reía de su pobre
regalo, se fue muy triste.
Buscó entonces plumas muy
grandes, bien secas y limpias, y
una semana después volvió con
ellas; y esta vez el hombre, que
se había reído la vez anterior
de cariño, no se rió esta vez
porque la gamita no comprendía
la risa. Pero en cambio le
regaló un tubo de tacuara lleno
de miel, que la gamita tomó loca
de contenta. Desde entonces la
gamita y el cazador fueron
grandes amigos. Ella se empeñaba
siempre en llevarle plumas de
garza que valen mucho dinero, y
se quedaba las horas charlando
con el hombre. El ponía siempre
en la mesa un jarro enlozado
lleno de miel, y arrimaba la
sillita alta para su amiga. A
veces le daba también cigarros
que las gamas comen con gran
gusto, y no les hacen mal.
Pasaban así el tiempo, mirando
la llama, porque el hombre tenía
una estufa de leña mientras
afuera el viento y la lluvia
sacudían el alero de paja del
rancho. Por temor a los perros,
la gamita no iba sino en las
noches de tormenta. Y cuando
caía la tarde y empezaba a
llover, el cazador colocaba en la
mesa el jarrito con miel y la
servilleta, mientras él tomaba
café y leía, esperando en la
puerta el ¡tan-tan! bien
conocido de su amiga la gamita.
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Link Original : EL GUARDAPARQUES
COMEDIANTE : http://erp.org.ar/ecos/grdprq_cmdnt.htm
El
Guardaparques Comediante
EL GUARDAPARQUES
COMEDIANTE
Por Horacio Quiroga *
En el fondo del
bosque, entre una verde aglomeración de ceibos y
timbós, vivía un pobre hombre que se llamaba
Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su
juventud había sido cómico de un teatro de
aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y
monóculo, al cual se había acostumbrado en las
farsas de la escena. Sus penas le habían vuelto
distraído. Caminaba con lentitud indiferente,
abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una
larga capa que arrastraba a modo de toga.
Solía
suceder que, levantándose tarde, se lavaba y
peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su
monóculo, y tomando el camino que conducía
pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: yo
soy romano y negligente. Se detenía pensativo y
bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha.
Pero las más de las veces se volvía de pronto y
comenzaba a deshacer su camino, lleno de
distracción y tristeza. En el resto de esos
días quedaba aún más encogido de hombros, y
abría y cerraba con más frecuencia sus manos.
Por
lo demás, era inofensivo. Su gran diversión
consistía en ajustar u papel cuadrado a los
vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.
En
las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a
la linde del camino y, arrebujado en su capa,
soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.
No se
movía de allí hasta que una pobre mujer
cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la
saludaba, retirándose satisfecho: he sido
galante, se decía.
Una
vez encontró en un rincón de su cuarto algunos
viejos libros que le sirvieran de enseñanza para
el teatro. Pasó tres días encerrado. Al cabo de
ese tiempo salió con una larga espada de palo y
el rostro sombrío. Fue al pueblo -era de noche-
y se apostó en una esquina, observando de
soslayo las desiertas calles. Como después de
mucha espera pasara una dama fue al encuentro de
ella, detuvose, colocó su mano izquierda en la
cadera, avanzó la pierna derecha, dobló
ligeramente la otra, se inclinó, sacó su
sombrero, y dijo graciosamente:
-Señora
de mis ojos, ¿es que vuesa merced quiere mi
vida?
A
pesar de todo, era un buen hombre a quien su poca
suerte, sin duda, había vuelto algo distraído.
Era
guardaparques. Las chicas se reían de él, y los
rapaces le seguían cuchicheando. El extraño
adorno de sus ojos llamaba la atención de las
comadres que le señalaban con el dedo cuando
iba, raras veces, a hacer sus compras al pueblo.
En esos casos tomaba porte señoril y daba
grandes zancadas.
Sucedió
que una muchacha que oyera escondida sus
monólogos, le susurró al pasar: "Soy
romano y negligente". Esto le dejó
pensativo por tres días.
En
consecuencia, una tarde cogió el palo que le
servía de bastón, calzó las grandes botas, y
fue a llevar una carta a su jefe que vivía a
muchas leguas de distancia. Dejó el papel al
secretario y se retiró. Como entregaran el sobre
al señor, éste, abriéndole, leyó -escrito en
gruesos caracteres perfilados que denotaban un
paciente estudio del carácter de letra que
debiera adoptar-: "Soy romano y
negligente".
Tenía,
entre otras manías, la de resguardarse del canto
de las ranas. Se cuidaba de él, pero a manera de
los ñanduces, esto es, ocultando la cabeza
detrás de un árbol u objeto cualquiera. Su
canto -decía- puede ocasionar una instantánea
regresión a la célula, sólo con que las ondas
sonoras repercutan en nuestro centro.
Dialogaba
con los cazadores furtivos, observándoles
burlonamente con su monóculo.
Merodear"
-solía decirles- "es como buscar un traje
nuevo.
Y
enseñaba el suyo rotoso con compasión.
Nunca
se acostaba sin antes trazar con tiza una línea
recta en el suelo y colocar encima su sombrero.
Los
domingos salía de pesca; pero como nunca ponía
lombrices a sus anzuelos, los peces, al
chapotear, le sumergían en hondas cavilaciones.
En uno de estos sucesos mandó una larga
disertación al magistrado del pueblo, con este
título: Del anzuelo y las lombrices, como
factores indispensables en la pesca.
Sabía
latín, que no había aprendido, y recitaba
versos en inglés.
Su
estribillo era: por mas parques y no menos.
Tenía
sentencias propias, escritas en un viejo
rastrojero fileteado, adquirido no sabía dónde.
He aquí una de ellas:
"La
raza es el justo medio. A regularidad, siglo.
Cuando las razas degeneran, los superiores
avanzan. Degeneración quiere decir exaltación.
Un halcón peregrino vuela: los papanatas-sapos
abren la boca. Como no pueden volar, se
arrastran. Entonces proclaman que el que no hace
como ellos, peca".
Otra
máxima: "Seamos prudentes. ¿Qué quiere
decir prudencia? Coordinar los medios de modo que
nos produzcan el mayor goce posible. Obremos tal
como nos sentimos inclinados a obrar; esto es
seamos prudentes.
De
todos los recuerdos de su vida anterior, sólo
conservaba uno sombrío. ¿Mucho tiempo? Sí, ya
casi no recordaba cómo había sido.
Era
el gracioso de la cuerpo. Sus compañeros se
burlaban de él, y le pegaban sin motivo alguno.
Pero era tan bueno que sonreía dulcemente. Una
noche le convidaron a cenar, porque la dama
joven, que cumplía años, le tenía compasión.
Era
una hermosa fiesta, llena de alegría y de
señoras. Cuando entró con su vestido
desgarbado, sonriendo con timidez y dulzura, como
si quisiera pedir disculpa por su presencia,
todos le aclamaron a grandes gritos. Uno le tiró
del saco, haciéndole caer para atrás; otro le
arrojó vino a la cara, un tercero le embadurnó
la cara con pasteles, otros le hicieron caer de
rodilla, colgándose de sus hombros. Y así
todos, empujándole, maltratándole, sirviendo de
juguete a los criollos alegres. Pero él se
limpiaba sin protestar, sacudía su ropa, pedía
casi perdón por su pobre figura.
Cuando
se cansaron de él, abandonándole, fue a
sentarse en un rincón, con las manos sobre las
rodillas. No hacía ruido, por temor de
ofenderles. Miraba la creciente alegría de sus
compañeros, siempre en su silla, pues no se
atrevía a tomar parte en la fiesta. Por eso
cuando el primer actor se le acercó,
ofreciéndole una vaso de aloja (fermento del
Prosopis), rehusó, apartando dulcemente el vaso.
-¡Que
beba! ¡Que beba! -gritaban todos.
-¡Bebe!
-repetía el actor.
Pero
él insistía en su negativa. Como nunca había
bebido, temía le hiciera mal. Acudieron todos:
uno le sujetó los brazos, los demás le
levantaban la cabeza, tirándole del cabello.
-¡Pero
déjenme! -repetía el pobre, debatiéndose-
¿Qué mal les he hecho yo?
-¡Que
beba! ¡Que beba! -vociferaban.
Y
tuvo que beber, y le abandonaron. Al rato
insistieron de nuevo y volvió a beber. Y así,
cuatro, cinco, seis vasos de aloja.
Se
abría para él un mundo nuevo, una convicción
tan serena y sencilla de que él estaba a la
altura de sus compañeros, que entró en el grupo
de las señoras, dirigiendo -sonriente- frases de
fina intención.
Sus
ademanes eran gratos, tenía alucinaciones. De
pronto se sintió con exquisita potencia de voz,
y cantó una romanza galante, marcando con el
índice el compás.
No
permitió que le aplaudieran sino una vez que se
hubo parado sobre una silla. Y entonces, sacando
la cadera, aplaudió a su vez con suave gracia.
Luego
entró en un período de exaltación amorosa.
Abrazaba a las damas y les besaba los ojos. Se
colocó un sombrero de mujer, y caminando
afeminadamente, exclamó: ¡Ved el amor que pasa!
Enseguida bebió sin interrupción una botella de
vino.
Tenía
sed. Bebió más. Cuando la fiesta hubo
concluido, se fue con la primera dama a quien
agradaba su estado anormal. Es gracioso, decía.
Soy galante, insinuaba él, estrechándola.
Estaba completamente desvariado.
Luego
no recordaba bien lo que había sucedido. En casa
de ella tuvo delirios, horas indiscutibles, en
que tal vez la locura hizo presa de él.
Su
crimen, por el que fue condenado a cuatro años
de prisión pues se le reconocieron causas
atenuantes- le había hecho sufrir al principio,
luego le había molestado, después le ocasionó
orgullosa ventura. Había llegado, en pos de
hondo examen, a la conclusión de que el pasado
no existe, y todo individuo deja tras de sí
millares de otros individuos que son los que han
llevado a cabo las diferentes acciones del yo
anterior.
-Con
mucho -decía- yo seré un descendiente lejano.
"El
que mata" -escribió una vez- "tiene
dos yo: el suyo y aquel del cual se apropia. Es
un avance a la absoluta individualidad. He
observado que todos los que matan violentamente
asimilan algunas de las cualidades de la
víctima. Esto prueba la necesidad de matar, en
la oscura persecución de un modo que falta al
yo". Una vez concluida la carta, la encerró
en un sobre y la llevó al correo con esta
dirección: Al señor Narcés, guardaparques.
Esperó lleno de impaciencia la carta, y cuando
la recibió y la hubo leído, exclamó
satisfecho: estoy conforme conmigo mismo.
Los
años pasaron, y Narcés vivía siempre en su
casita del bosque con la suave dulzura de su
existencia sin preocupaciones de ninguna clase.
No había perdido sus costumbres: su placer
consistía, como antes, en el pedacito de papel
cuadrado y su monóculo. Pero una mañana se
olvidó de colocárselo, y sonriendo con tristeza
comprendió que su vida cambiaba.
Aunque
Narcés se había deshecho de todo lo que le
recordara su vida anterior, y vivía en su
pobreza olvidado de todo, guardaba, sin embargo,
algunos libros de literatura en los que su
juventud había hallado un molde casi perfecto.
Dentro de un cajón estaban esos libros; y la
madrugada que le vio sin monóculo pasó sobre
él, como una mano helada que pasa sobre la
frente, y Narcés desenterró esos libros y
formó con ellos un espejo en el que su vieja
alma no tornó a reflejarse.
Llevaba
en su cabeza la verdad literaria de dos mil
años, axiomas, teorías y purezas gastados en el
silabeo secular, y toda esa llanura de blancos
corderos y almas rectanguladas era un antiguo
paisaje, para cuya existencia de soñador en voz
alta tenía que ser forzosamente precario. Sus
ideas de pobre viejo tenían la extravagancia de
los grandes esfuerzos que nunca pudieron ser
útiles, y la desolación de su vida comenzaba a
llorar el vacío de los no gozados amores. Y así
la regresión a una edad que estaba muy lejos de
ser la suya desequilibró su organismo, y Narcés
paseó el cansancio de su esterilidad durante
noches enteras entre las cuatro paredes de su
cuarto, extendiendo la flaca mano suplicante como
un mendigo que llegó retrasado a las reglas
distribuciones de amor.
Una
mañana de invierno fue al pueblo y entró a una
tienda-librería-confitería. Aunque las obras
literarias llegaban raramente a aquel perdido
rincón, en ese día, sin embargo, el escaparate
guardaba dos o tres libros nuevos. La extraña
carátula de uno de ellos le llamó la atención:
sobre un dibujo atormentante, leyó el título:
El Triunfo de la Muerte. Y lo compró y lo leyó
en una tarde y una noche. Al otro día tuvo
fiebre y se metió en cama.
El ya
no podía más.
Las
bruscas revelaciones de la obra marcaron el
derrotero de su pobre alma sin guía, y todo el
tranquilo llanto que enjugara con sus manos cayó
sobre el libro, sobre sus viejos vestidos que
lloraban con él.
Al
cabo de tres días se levantó.
Era
de noche, y afuera la borrasca clamaba
incesantemente. Con sus manos trémulas encendió
fuego y pasó dos horas ordenando los carbones
encendidos.
Después
se levantó, cogió el libro, y besando el nombre
del autor, arrojó al fuego aquellas páginas
queridas. La llama se hizo poderosa durante un,
minuto, fue disminuyendo en pasajeros
recrudecimientos, se apagó, se avivó
repentinamente, se extinguió del todo.
Narcés
abrió la puerta. Los ceibos y timbós, blancos
de nieve, estaban a dos pasos. El frío era agudo
en ese raro invierno. A lo lejos aullaba el
aguará guazú.
Sin
sombrero, sin capa, incaracterístico como una
sombra que se hizo viviente sólo para caminar,
comenzó la marcha hacia el humedal; los lobos de
crin sudamericanos aullaban más cerca.
Narcés
se internó en la blanca masa de árboles,
lentamente. De pronto los aullidos cesaron, y
detrás de Narcés brillaron dos puntitos rojos.
Y desaparecieron, Narcés caminaba con la cabeza
caída. Al rato había cuatro, La figura del
viejo iba decreciendo en la distancia. Al rato
había ocho. En las tinieblas se oía un seco
castañeteo. Al rato había veinte; y los puntos
rojos marchaban detrás de Narcés, en un
semicírculo que se acercaba poco a poco, cada
vez más cerca, más cerca, a la lejana silueta
del viejo heroico que, se perdía seguido de la
bandada de lobos.
De Narcés nunca se volvió a
saber nada. El señor de los dominios, enterado
de su desaparición, puso en su lugar a un
guardaparques sensato, grueso, bonachón, que
nunca tuvo la ocurrencia de ir en una noche de
invierno a pasear por el estero.
* adaptación
ECOS RIOPLATENSES
Bibliografía
-1899- REVISTA DE SALTO
Quiroga
la fundó y dirigió, intentando abrir
camino como seminario de Literatura y
Ciencias Sociales. Su duración fue
corta.
-1901- LOS ARRECIFES DE CORAL
Su
primer libro de prosa y verso, con
influencia modernista, fue dedicado a
Leopoldo Lugones. No tuvo buenas
críticas.
-1904- EL CRIMEN DEL OTRO
Libro
de cuentos, influido por sus lecturas de
Edgar Allan Poe, incluso los personajes
de la historia están obsesionados por
los libros del escritor norteamericano.
-1905- LOS PERSEGUIDOS
Novela
publicada sobre un caso psiquiátrico, la
cual tuvo éxito. Afloran influencias de
Guy de Maupassant.
-1908- HISTORIA DE UN AMOR TURBIO
Novela
autobiográfica.
-1917- CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE
MUERTE
Recopilación
de cuentos. Reconocido por la crítica
como maestro de la narración breve.
-1918- CUENTOS DE LA
SELVA (Cliqueando podrás ver sus
cuentos)
Un
clásico de la literatura escrita para
niños. El paisaje misionero es escenario
de las historias de los animales. Su
convivencia, valores, trabajo,
cooperación y amor por los demás.
-1920- EL SALVAJE
-1920- LAS SACRIFICADAS
Adaptación
teatral de "Una estación de
amor". Se estrenó la obra en el
teatro Apolo en el año 1921.
-1921- ANACONDA
Colección
de cuentos que continúa con las
historias ocurridas en Misiones. Tiene
influencias de Rudyard Kipling en cuanto
a caracteres y ambientes, y de Fedor
Dostoievski en los trazos decisivos.
-1924- EL DESIERTO
Colección
de cuentos de diverso tipo, la mayoría
con finales sorpresivos.
-1925- LA GALLINA DEGOLLADA Y OTROS
CUENTOS
Recopilación
de cuentos.
-1926- LOS DESTERRADOS
Su
libro más homogéneo y decidido, tiene
buenas críticas. Trata experiencias del
hombre en el monte.
-1929- PASADO AMOR
Novela
que relata una relación impedida por
familiares, es autobiográfica. No tuvo
demasiado éxito.
-1931- SUELO NATAL
Libro
de lectura escolar, realizado con la
colaboración de Leonardo Glusberg.
-1935- MAS ALLA
Recopilación
de textos anteriores
|
Link Original : Horacio Quiroga - Mision Salesiana : http://www.misionrg.com.ar/quiroga.htm
Horacio
Quiroga : Vida y Obra de un Grande
INTRODUCCION:
Qiroga (horacio) nació
en Salto Uruguay, en1878. Fue precursor de lo que
hoy llamamos literatura de ciencia ficción, con
su relato LOS PERSEGUIDOS (1906). Fue inventor,
agricultor, escritor, juez de paz, de entre
tantas otras cosas. Fue venerado por sus lectores
y odiado por sus vecinos. Este trabajo trata de
mostrarlo como en realidad era un poco mas a
fondo, mostrando tanto sus distintas facetas como
sus chifladuras; recordándolo a 60 años de su
muerte.
DESARROLLO:
EL
AUTOR
Horacio Quiroga el autor
de cuentos de Amor, Locura y muerte, había
conocido San Ignacio en 1903, como fotógrafo de
una expedición fotográfica a las ruinas
Jesuíticas, encargada por el Ministerio de
Instrucción Publica al escritor Leopoldo
Lugones, su maestro. Y en 1906 compro sin mas 185
ha. sobre el río Paraná y levanto un bungalow
con sus propias manos. Mientras tanto Lugones le
consiguió un puesto de profesor de castellano en
el normal 8, en Bs. As. Lo que mas le gustaba de
la docencia era la facilidad con que se ganaba el
corazón de sus alumnas. Fue justamente una de
ellas, Ana María Cirés, su primera esposa. Se
casaron en 1910 después de haber vencido al
llanto de la familia que se oponía a su
casamiento. se fueron a vivir a San Ignacio.
Los lugareños lo
tomaban como un labrador, ninguno lo conocía por
su verdadera vocación. Pero la selva fue su
mayor inspiración. Algunos biógrafos dicen sin
embargo, que Quiroga se refugio en ella huyendo
de un pasado trágico, que incluía: · La muerte
accidental de su padre, prudencio, a quien se le
escapo un tiro de escopeta mientras descendía de
un bote Quiroga tenia dos meses. · La perdida de
dos hermanas Pastora y Prudencia, que murieron de
fiebre tifoidea, en el Chaco Argentino. · Su
padrastro, Ascético Barcos, sufrió parálisis
cerebral y se suicido frente suyo.
Tras seis años de
matrimonio, Ana María Cirés agonizo ocho días
después de haberse envenenado. Su hija Eglé ,
nacida en Misiones en 1911, también se quitaría
la vida un año después de morir Quiroga. Meses
mas tarde, Alfoncina Storni busco en el mar
idéntico olvido. Quiroga y ella habían
mantenido un intenso romance en 1925, pero por
consejo de Benito Quinquela Martínez , Alfoncina
se negó a vivir con ese loco en San
Ignacio. Y Darío Quiroga su segundo hijo, se
mataría en 1952. Elena Bravo, la única
adolescente, que lo amo sin sortear oposiciones
familiares (era 30 años menor que Quiroga y
amiga de su hija Eglé ) lo abandono en medio de
la selva, después de 6 años de matrimonio
llevándose a Pitoca , la pequeña
hija de ambos. En San Ignacio casi todos lo
tenían por un ermitaño de pocas pulgas.
Mi bisabuelo, Marcelino Bouix, y Horacio
Quiroga se pelearon feisimo (cuenta Jorge
peteco Bouix). Cuando Quiroga vino a
comprarse una tierra mi abuelo lo alojo hasta que
el construyo la suya. Bouix criaba burros que se
pasaban a su plantación y se comían todo el
maíz. Un día Quiroga se enojo les corto la cola
y las orejas. Mi abuelo fue a buscarlo y le dio
una paliza. quiroga se vengo en el cuento
el techo de incienso . Los dos eran
bravos.
Dejo en sus cuentos la
huella de su propia epopeya misionera .
Fabricándole a fuego lento su carbón,
fertilizando su meseta pedregosa, destilando vino
de naranja, clavando y desarmando cien veces la
misma canoa, reparando durante 4 años las
goteras del techo de su casa, cavando un pozo de
agua, envalsamando aves, confeccionando sus
zapatos, conversando con Anaconda, la
víbora que criaba en su jardín, descubrió que
escribir era lo mismo que domar los cuatro
elementos: un oficio, no un arrebato de
inspiración.
Quiroga solo se sentía
a gusto con los trabajadores. Luego de un rato
con ellos, Quiroga escribía frases en papelitos
que guardaba en una lata de galletitas. Esa era
la materia prima de sus futuros cuentos. Por eso
su obra registra la transformación económica de
misiones: de selva a plantación. Y los
protagonistas de esa gesta no son héroes
convencionales sino desterrados .
Horacio Quiroga también tuvo una plantación de
yerba mate la Yabebirí . Pese al
entusiasmo y algunas ventas no hizo ganancias.
Yo soy agricultor no comerciante,
decía.
En 1928 ya con su
segunda esposa , vive en una casaquinta de
Vicente López que reproducía al ambiente de su
bungalow misionero: a falta de maderas armo y
despedazo su viejo ford, y criaba un coatí , un
oso hormiguero , un carpincho, y un flamenco en
su jardín. Quiroga ya no se sentía a gusto en
Bs. As. ya no puedo estar sin
Misiones , gritaba. Sus últimos años ,
solo cobro 50 pesos por un cargo de cónsul
honorario , fruto de la gestión de algunos
escritores amigos ante el gobierno Uruguayo. Era
cada día mas pobre y ya empezaba a cansarse.
Incitados por Jorge Luis
Borges , los nuevos intelectuales lo consideraban
antiguo y lo bombardeaban con todo tipo de armas.
Cada vez le costaba mas vender sus trabajos.
Había escrito 170 cuentos y el doble de
artículos periodísticos. Hacia balances:
tengo mi derecho a resistirme a escribir
mas. Si en dicha cantidad de paginas no dije lo
que quería no es tiempo ya de decirlo . Le
dolía el estomago y en 1936 debió internarse en
el hospital de Clínicas. No veo el día ,
amigo , de volver a San Ignacio, le
escribió a Isidoro Escalera (casero y amigo de
Quiroga , con quien el sostenía correspondencia)
. La espera era eterna. Cinco meses después el
medico le dijo que tenia cáncer. Quiroga le
clavo sus ojos azules sin decir una sola palabra
. Salió a dar una vuelta por la ciudad y esa
media noche se suicido con cianuro.
LA
OBRA
Quiroga si bien se
inicio y destaco como poeta modernista (los
arrecifes de coral , 1901) sus obras mas
importantes fueron los cuentos.
EL CUENTO: Características
y evolución.
Definiciones más
amplias del genero.
· es un escrito de
ficción. · esta compuesto en prosa. · es de
extensión breve.
Decálogo de Quiroga
sobre los cuentos.
· No escribir sin saber
adonde se va. · Las primeras líneas son tan
importantes como las ultimas. · Evitar la
adjetivación innecesaria. · Usar sustantivos
como preferencia. Valoración de la obra de
Quiroga.
· Desarrollan dos ideas
, una aparece en primer plano y otra que se
desarrolla secundariamente hacia el final , se
unen las dos de forma repentina causando un
efecto inesperado de manera sorpresiva
desconcertando al lector. · Las acciones de la
obra están concentradas: sus cuentos son breves
, en general . El hacia est porque publicaba la
mayoría de sus cuentos en revistas y no tenia
mucho espacio. También , lo hacia según el para
mantener la atención de los lectores. Quiroga
dijo sobre eso: Todo lo que se necesita es
sacarlo del desgano habitual , sacudirlo ,
imprecionarlo , era 1250 palabras.
CONCLUSION:
Trabajos de esta clase
ayudan a conocer un poco mas la literatura
argentina , y los autores que marcaron una época
de nuestro país. A mi parecer fue una segunda
experiencia de trabajo de investigación
importante , porque un trabajo de esta magnitud
requiere una dedicación completa y una entrega
total , a lo que uno hace.
Mas Info ...
Horacio
Silvestre Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31
de diciembre de 1878. Hijo de Juana Forteza y de
Prudencio Quiroga, quien murió dos meses
después, disparándose accidentalmente con una
escopeta. La familia se trasladó a Córdoba,
Argentina, pero en 1883 volvió a Salto.
Horacio manifestaba su carácter rebelde en la
escuela, prefería las actividades manuales o la
ortografía al estudio. Ya en su adolescencia
comenzó a interesarse por la literatura.
En 1898 conoció a la muchacha que sería su
primer amor y la relación núcleo de "Una
estación de amor".
En los viajes que realizaba a Buenos Aires,
visitó y conoció al poeta que más admiraba,
Leopoldo Lugones, con quien comenzó una gran
amistad.
Quiroga fundó la "Revista de
Salto" en 1899 y al año
siguiente, partió rumbo a París en un viaje
para los jóvenes intelectuales de esa época.
A su regreso a Montevideo, junto con otros
escritores amigos, formaron un grupo "El
Consistrorio del Gay Saber", donde leían a
los poetas malditos.

En 1901 publicó su primer libro, "Los
arrecifes de coral".
En 1902, mientras examinaba el arma de Federico
Ferrando, Quiroga mató accidentalmente a su
amigo. Luego de un interrogatorio y unos días de
cárcel, se fue a vivir a la casa de su hermana
en Buenos Aires, donde consiguó un puesto de
profesor de castellano y adoptó la ciudadanía
argentina.
Con Lugones realizó un viaje de estudios a las
ruinas jesuitas de San Ignacio, Misiones; allí
comenzó a interesarse por la selva.
En 1904, apareció "El crimen del
otro". También se dedicó a la
cosecha de algodón en Chaco, pero fracasó y
regresó a Buenos Aires. Tiempo después publicó
"Los perseguidos"
e "Historia de un amor
turbio".
Fue a Misiones de vacaciones y decidió quedarse
allí, se había enamorado de una alumna, Ana
María Cirés, y pese a la oposción de sus
padres, finalmente se casaron en 1909 y tuvieron
dos hijos, Eglé, que nació en 1911 y Dario, en
1912.
Quiroga fue designado juez de paz y oficial del
registro civil de San Ignacio.
En 1915, su esposa se suicidó y al poco tiempo,
él se trasladó a Buenos Aires con sus hijos,
donde consiguió un nombramiento del Consulado de
Uruguay, en el año 1917. En ese año publicó "Cuentos
de amor de locura y de muerte".
Un año más tarde apareció "Cuentos
de la selva"; en 1920,
dos publicaciones más, "El
salvaje" y "Las
sacrificadas".
"Anaconda" apareció en 1921, y "El
desierto", en 1924.
Por esa época se formó un grupo llamado
Anaconda, presidido por Quiroga, que organizaban
comidas literarias. Lo integraban entre otros
Emilio Centurión, Alfonsina Storni - quien fue gran amiga
de Horacio -, Emilia Bertolé y Arturo Capdevila.
Quiroga publicó en diferentes medios:
"Caras y Caretas", "Fray
Mocho", "La novela semanal",
"Plus Ultra", "El hogar" y
"La Nación".
En 1925 publicó "La gallina
degollada y otros cuentos",
al año siguiente, "Los
desterrados". En "La
Razón" fue mencionado entre los mejores
escritores del momento.
Quiroga contrajo segundas nupcias en 1927 con
María Helena Bravo, una joven amiga de su hija
Eglé. Al año siguiente nació su otra niña,
Pitoca.
En 1929 apareció la novela "Pasado
amor", sin mucho éxito. Quiroga
comenzó a sentir la indiferencia hacia sus
escritos por parte de las jóvenes generaciones
literarias, que preferían el "
Martín Fierro".
Escribió con Leonardo Glusberg en 1931, "Suelo
natal".
Su situación económica no era buena y lo llevó
a regresar con toda su familia a Misiones. A
raíz de un golpe militar en Uruguay se quedó
sin su puesto en el Consulado, y se dedicó a la
floricultura. En 1935 publicó "Más
allá", su último libro de
cuentos. Su mujer y su hijita regresaron a Buenos
Aires, él quedó solo en Misiones. Por problemas
de salud, tuvo que internarse Buenos Aires. Su
situación empeoró al enterarse de que padecía
cáncer gástrico. Y el 19 de febrero se suicidó
con cianuro.
Desde un principio Quiroga estuvo rodeado de
muertes. Quizá por eso sea que en sus cuentos
resalta sensiblemente su inclinación a la
muerte.
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